jueves, mayo 12, 2011

LUGER: Más allá de las puertas de Münchhausen (¿?)

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Artículo sobre una de las mejores bandas españolas de todos los tiempos, publicado en Ruta 66 hace unos meses y firmado por ESTEBAN HERNÁNDEZ y LUIS BOULLOSA, bajo el título de "Epidemia en Malasaña, 2011"...

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“-¿Cuánto durará la epidemia? -pregunté.
-Mientras podamos hacerla durar (...)”

Naked Lunch – William burroughs



Miras a un lado, apartando la cara de la onda expansiva que lo hace saltar todo en pedazos a tu alrededor, y la desconocida que te devuelve la mirada está pensando exactamente lo mismo que tú: Está sucediendo. Acaba de suceder.

Es mi primer concierto de Lüger, y he acudido casi por casualidad. Los conozco por Mario, el teclista. Trabaja en un bar (él, yo también, pero al otro lado de la barra). “Teloneamos a los Intelligence”, dice. Ah, vale, pues iré. A ver qué tal. ¿Por qué no?

Vuelves a mirar al escenario y sigue allí. Aquel zumbido planeador de escuadrilla imperial en misión de castigo. Aquella ola que crece sobre ti, impulsada al infinito por una doble cabeza percusiva. Está sucediendo. Acaba de suceder.

Es una epifanía. Es eso, exactamente. Pasa muy rara vez, todo el mundo lo sabe. A veces se ausenta durante décadas.

Es una epifanía, lo sé.

Una vez que pase todo será mucho más desvaído y trabajoso. Hasta que las cosas vuelvan a su ser. Kraut, dice la gente. No sé. Ni idea. Sólo sé que han rociado con napalm el escenario en el que unos minutos después, el otrora despierto Lars Finberg y su banda sonarán desnudos y pequeñitos, como un niño perdido tras un bombardeo.

Es una epifanía, creo yo.

Y es veintiséis de abril de 2009.



I- Del sótano al Sol

Después Lüger crecen y crecen. No sé cuantas veces me viene algún conocido de barra con lo de “tienes que escuchar a...” O cuantas veces lo repito yo. Vuelvo a verles. Me llevo a los colegas. Los conozco personalmente. Hola, qué tal. Graban un primer disco con su mismo nombre. ¿Cómo es? A estas alturas quizá no haga falta explicarlo, pero es -ahí coincido con la hoja promocional, por una vez- “el final de la infancia para la psicodelia española y la carta de madurez para toda una escena subterránea que estaba pidiendo a gritos una obra de este peso y profundidad. Una bandera”. Es decir, un pelotazo que hace imposible, ya para siempre, negar que la escena madrileña de bandas experimentales es real, y no sólo una amalgama de diletancias de barrio, cuelgues tóxicos y prototipos no debidamente testados (que también abundan). Lo escucho, muchas veces. Pese a sus ocasionales flipes tribales y sus trances hipnóticos, lo cierto es que su elegancia entre macarra y androide y su pegada melódica lo ponen más cerca, dice mi amigo Boullosa, del enorme “Xtrmntr” de Primal Scream que del kraut del que supuestamente vienen (¡esa demoledora “Swastika Sweetheart”, marcial y percusiva pero también innegablemente pop!).

No es difícil señalar en la historia de la música independiente española discos y bandas que sirvieron como puente entre épocas, como punto de inflexión en el crecimiento de determinadas olas o como estandarte para escenas que pugnaban por pasar de embrión a bestia. Ahí están, por citar algunos, los Surfin’ Bichos que firmaron el paso del pop ochentero al indie como lo conocimos después con el malsano zigurat de “Hermanos Carnales”. Ahí están Los Planetas, que fueron quienes mejor entendieron que el público indie era esencialmente burgués, protonostálgico y ESPAÑOL, por mucho se citase a Dinosaur Jr para quedar bien. Ahí están los Manta Ray, que cometieron el error -adyacente- de pensar que Hispania podía ser musicalmente intelectual. O Corcobado y su ya casi olvidada “Tormenta de Tormento”. O tantos. Pero ninguna evolución recuerdo tan vertiginosa y tán sólida con un sólo trabajo en la calle (quizá, reflexiono, la de los enormes Orthodox). Lüger nacieron (le robo la expresión a mi amigo Paco F.) a la edad de seis años. Lüger simulan haberse saltado por la cara ese lento proceso de maduración en que algunas bandas quedan encalladas para siempre. Son una flor inmediata de impostado artesonado Kraut, un misterio que quizá tenga su explicación en una conjunción personal tan tensa como fructífera, o en el talento puro y entregado, lo ignoro.

Presentan esa bestia precoz en formato vinilo en la sala El Sol. “Yo creo que va a estar lleno… es EL evento”, me dice una chica. También trabaja en un bar. Es muy mona y muy enterada, y por una vez tiene toda la razón. La puta sala Sol. Sin aparente esfuerzo, puro boca a boca, como un escaparate secreto anunciado a gritos. La puta sala Sol a reventar. Y la línea ya consolidada, la pulsación intacta, las canciones completas. Aunque el akelarre intergaláctico no llega a la altura de la primera vez. Un sonido demasiado limpio, quizá. Una escenografía demasiado (auto)centrada en Diego, el cantante y guitarra, que disuelve un tanto la militar eficacia de la banda como aleación. Y sin embargo, aunque no hay epifanía, el triunfo (ese Dios caprichoso) anda por allí.
Y es quince de abril de 2010.

Poco después, tras tensiones internas en las que prefiero no indagar (cada cual tiene las suyas), Diego deja la banda, ocupando su lugar como cantante Dani, el bajista.. Con él se va -pienso- el filo más pop, el enganche inmediato, el exhibicionismo del rock clásico, también, y quizá vuelve Lüger a ser (o es un poco más) aquello que postulaba en sus inicios: un espacio de experimentación donde el peso de cada miembro es igual. Una bronca y asilvestrada comuna, marciana y sin líderes, perdida en su propia exploración interior/exterior. Musicalmente nadie está al frente: son de esa clase de banda en la que cada uno aporta su parte, en la que hay una suerte de acuerdo tácito en que a nadie se le ocurrirá reclamar el liderazgo. Tampoco en su sonido hay un instrumento dominante ni es la voz ese elemento definitivo que obliga al cantante a dar un paso adelante.

Siguen tocando, creciendo y aplastando a congéneres que les ven pasar incapaces de agarrarse a la estela. Su evolución sobre las tablas augura un segundo trabajo más blindado, repetitivo y oscuro, un disco que va germinando con rapidez bajo el ensordecedor silencio de la capital. Poco más de dos años después, cuando me acerco a echar un ojo a la grabación definitiva, el grupo de flipados que se juntaba cuando podía en un sótano en el centro de Malasaña (antiguo barrio rockero de la capital) anda a punto de arrancar una gira por EE.UU. gestionada de modo espartano desde aquí mismo. A punto de embarcarse en un viaje a la realidad paralela del que nadie volverá igual.

II- "Estoy harto del punk rock..."

"...De hecho a ninguno de nosotros nos gusta ya el punk rock". Estamos, ellos y yo, en un bar donde suena, claro, punk rock a toda hostia. Pero lo que Lopin (percusión) afirma, ya me lo había contado Mario el día que nos conocimos: que la clave de la banda está en que todos son fans de la música mucho más que músicos. La afirmación es chocante, porque esa sencillez en el acercamiento propia del punk rock es también uno de los parámetros sobre los que construyen su estilo. Y el santo y seña de la vieja Malasaña de la que han brotado -un vasto tejido de melodías a toda leche de dos minutos y medio, ya fueran en clave punk, garage o power pop acelerado-. Y el entramado interno de sus antiguas bandas (Los Imposibles, The awesome J’Haybers, Tres delicias), combos que cultivaban (con talento) sonidos sencillos, directos y reconocibles. 

En cierta medida, pienso, la apuesta de Lüger es la evolución de aquella actitud garagera llevada a terrenos musicales más complejos, bebiendo de fuentes distintas: el kraut el primero, sí, pero en absoluto el único. Sin embargo, sus metas parecen otras. Los veo en conciertos de Cave. Los veo en conciertos de Sun Araw. Algunos escuchan discos de rock progresivo de los 70. Otros jazz y free jazz. Otros psicodelia contemporánea. Géneros expansivos y arduos, lejos de la ortodoxia del barrio, ese barrio que ha cambiado definitivamente (los viejos gruñimos que a peor, los jóvenes, no sé). Ese barrio que estuvo pavimentado con canciones contundentes, celebratorias del sexo, las drogas y el rock and roll. Ese barrio que siempre fue el sitio donde más se hablaba de música y menos se hacía música; un reducto conspiratorio a la sombra de los garitos de altas horas más que el escenario de la acción creativa, ya que jamás hubo una sala decente en la zona ni unos locales en condiciones. Ese barrio creativo que ahora languidece entre taperías con fotos de John Coltrane y una plaga de parques infantiles, perfecto ejemplo de un neo totalitarismo encubierto que el visitante prefiere no advertir, no sea que se le despeine el look neobohemio o se le cuelgue el mac. Ese barrio que sin embargo -suprema ironía ahora que el epicentro intelectual de la historia se ha disgregado en mil núcleos autónomos, inundando sótanos de extrarradio y salas de estar de pisos comunales, ahora que ha dejado de tener preeminencia alguna y circula con paso firme hacia la desidia- entrega su mejor fruto en muchos años: Lüger.

No son los únicos moradores de las arenas, claro. Son sólo un primer canon. Con ellos, pululan por Madrid un puñado de bandas que también tratan de dar un paso fuera del camino establecido. Bandas con el cuajo y la experiencia suficiente para saquear sin copiar, amalgamar en sus seno a jóvenes y veteranos rompiendo el clásico tabú generacional, y obtener un resultado radicalmente personal (ejemplo pluscuamperfecto son Los Cuantos, banda casi recién nacida e imprescindible desde ya, en la que milita gente de Ginferno, Familia Atávica o Rip K.C. -además del inefable J. Colis-). Gente, en fin, que se niega a repetir lo de siempre, aunque sepa usar lo de siempre cuando es conveniente para un fin. Gente que entiende el local de ensayo como ámbito de búsqueda y necesaria exploración compartida. La ventaja de Lüger, llegados aquí, es su capacidad para aliar recursos instrumentales, atmósferas psicodélicas, ritmos expeditivos o complejos y canciones redondas y poderosas. Una difícil versatilidad que ellos articulan de manera aparentemente natural. Estribillo y atmósfera, cuadratura e improvisación. Y humor. En su primer trabajo hacían todo eso con la sencillez del músico de garaje (aunque fuese un garaje espacial), sin ese engolamiento ni esa rareza buscada que a veces lastra al "experimentalista" de manual. Esa era su fuerza.

Cuando escucho una previa de lo que facturan en su nuevo viaje, sin embargo, me sorprendo: el gancho pop sigue ahí, pero se ha ganado en variedad, en feeling, en unidad y en posibilidades. Si "Luger" (Giradiscos, 2010) es una promesa cumplida a la velocidad del rayo, "Concrete Light" es la polaroid de una banda que, varios escalones más allá, comienza a fragmentar para bien su discurso y a extender sus tentáculos en mundos adyacentes. Siguen ahí las intros evanescentes ("Belldrummer Motherfucker"), pero están también las “outros” de sintetizador y sitar que lo mismo pueden evocar destellos de eso que los enterados llaman weird folk, que llevarte de lisérgico viaje varias décadas más atrás. Están los aplanadores residuos stooges que recuerdan al primer largo ("Dracula's Chauffeur Wants More"), pero también canciones puramente suyas, tan puramente suyas que hacer referencia a las influencias diseminadas en ellas deviene entretenido pero inútil. Y la guitarra de Edu, el nuevo, cuya raigambre metálica aplicada al mecanismo de relojería rítmica, hace pensar (aunque sea vagamente, allá lejos, en momentos contados) en bestias pardas americanas del pelo de Melvins o Hüsker Dü. Dicen estar mucho más contentos de este trabajo. Y es cierto que han sabido progresar manteniendo lo que debían mantener: canciones, esa la mezcla de riesgo y gancho clásico que les ha dado una seña de identidad. Como dice mi amigo Hernández: "Descomponer es fácil; lo complicado es recoger los trozos y con ello hacer algo nuevo".

III- "Lo dejamos así y luego en la mezcla vemos lo que hacemos..."

En el proceso tiene un peso importante Rubén Pérez, el ingeniero de sonido, el jefe en el estudio, flexible, pero más influyente de lo que parece. Rubén ya remezcló el primer álbum después de que el tratamiento de John Agnello no terminase de convencer a la banda, entendiendo de manera preclara no ya lo que la banda pedía, sino lo que las canciones necesitaban. Ahora está al frente de la grabación, y es un elemento esencial. Porque hay confianza mutua, porque cree en la banda y la banda en él. Y porque cuando el dinero escasea y el tiempo de estudio también, cuando los discos deben registrarse al vuelo y los músicos carecen del conocimiento técnico necesario para aprovechar las posibilidades al máximo, que el productor y el técnico entiendan lo que las canciones requieren es vital. Es un obligado regreso a los principios, a los tiempos en que la tarea del productor no era otra que coordinar la grabación Los músicos en la pecera, grabando en directo. Fructífero a veces, cuando se da esta conjunción. Frustantre otras, como muestran los muchos álbumes de bandas prometedoras que no han pasado de desvaídos testigos de su posible incendio. Es el sino de una época, la nuestra, aquí, cuyo funcionamiento es casi el opuesto al de la maquinaria de la vieja y gran industria discográfica, la que va de los 50-80, donde el productor solía ser el encargado de normalizar el material sonoro, tratando de que las canciones que llegaban al estudio encontrasen una potencialidad comercial mucho más que su expresión estilística más definida. Entonces, una grabación podía durar meses y el trabajo de un equipo de profesionales adecuados lograba a menudo que un disco alcanzase una calidad que jamás hubiera poseído de otro modo. A menudo la banda no era nada sin el productor. Hoy todo eso ha desaparecido, regresamos a una suerte de captura-el-instante. Pocas de las grandes obras discográficas del rock and roll podrían grabarse hoy.

IV- Conseguir cosas, pagar facturas

"Estamos en la música para conseguir cosas como estas, ¿no?", dice Rulo. Se refiere a esa gira por EEUU. Ignoro si las tías, el nombre, las pelas u otros vacuos sueños de Rock Star están también en algún lugar de su psique colectiva, pero parece que la música misma es aquí el fin primero y último. El medio, el mensaje y todo lo demás. Inteligente, práctica, inevitable postura quizá, en un mundo en el que una banda raramente gana dinero para sobrevivir y en el que las estrellas en las que se mira la masa son de plástico desechable y defectuosa, reemplazable fabricación. Las antiguas excusas no tienen espacio ya. Hubo un tiempo, quizá, en que ser una "r&r star" significaba más que el éxito material: la posibilidad de vivir una vida sin las restricciones morales y culturales que imponía una sociedad gris, el resquicio por el que huir de la fábrica o de la oficina, el destino habitual para las clases populares y medias. Una guitarra eléctrica era mucho más que un instrumento. Hoy, curiosamente, esa fuga empieza y termina casi siempre en ser capaz de poder hacer lo que uno quiere, que es lo realmente inusual. La fábrica o la oficina, trágicamente, nos esperan de todas maneras, casi siempre. Y ahí están, ellos y tantos: un puñado de tíos robando ratos al trabajo, al sueño y a sus parejas para reunirse, dejar que suene la música y poder sentirse ellos mismos. Unos tipos que se dicen felices cuando entran en el lugar de ensayo, Unos seres para los que el mejor día es la jornada de fiesta en la que se levantan por la mañana y se van directos a ensayar. Unos chavales dispuestos a dejar un curro frustrante, si es necesario -ya habrá otro, acaso más frustrante- para poder largarse a EE.UU. sus dieciocho días de furgona y gloria. Una determinación que es parte de su esencia y que ahora tendrán que saber canalizar para no terminar como la mayor parte de esas bandas bisagra de las que hablábamos antes: faros en una niebla demasiado densa, islotes, callejones sin salida del ego. Ha habido demasiados movimientos sin guía y demasiados guías sin movimiento, en un país musical, este, que tiende a parir más profetas (incluyendo a los falsos, claro) que discípulos y donde ganarse las lentejas tocando es puta ciencia ficción. La capacidad de Lüger para evitar ese tipo de necrosis (o debacle, a elegir) está por ver.

Y el viaje empieza.

Es cuatro de Marzo de 2011.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

pues ese artículo del Ruta sobre Lüger no me gustó nada

Anónimo dijo...

Münchhausen?? ¿Como el barón? ¿No querrás decir Mauthausen o alguna burrada semejante en referencia a los guiños nazis del grupo en cuestión?

C.I. dijo...

No, el del síndrome, acaso un guiño a las puertas de tanhauser o como se diga... por lo de espacial, jajjaj. le preguntaremos a nuestro redactor... Y en todo caso ya sabemos todos lo que había más allá de las de Mathausen. No era bueno.