lunes, febrero 12, 2018

RUIDO, MONIGOTES Y CÓMO PODRÍAMOS VIVIR - una entrevista con RIZOMA



Reseñados recientemente AQUÍ por nuestros intrépidos reporteros, RIZOMA llevan tiempo facturando música fibrosa y expansiva desde los subterráneos madrileños, publicando buenos discos y ganándose a pulso el prestigio como banda de directo. Edu (guitarra, voces), la mente detrás de los dibujillos, atiende pacientemente nuestra batería de preguntas.



-¿Si tuvierais la pasta para hacerlo y el tiempo necesario, grabaríais discos más ensayados y más calculados o la inmediatez es un valor en sí mismo, incluyendo los fallos, etc…?

La inmediatez, los fallos y la inseguridad son un valor en sí mismos y nos apasionan e inspiran muchísimas bandas que han hecho de esos valores su bandera. Nos gusta que sea espontáneo, y desde luego no concebimos otra manera de grabar que no sea en directo. Por otra parte, y como mencionas en la reseña, sí veo necesario que llevemos la propuesta varios pasos más lejos, pero eso creo que tiene que ver más con las canciones: cuidar más la voz y las letras y preocuparnos y jugar más con el sonido (¡aunque sea para hacerlo más ruidoso aún!); sentirnos mucho más cómodos con el sonido de los discos sin necesariamente invertir mucho más en dinero.

También he de decir que desde que empezó Rizoma todo se ha hecho muy al límite, caminando en la cuerda floja y salvando el asunto por los pelos.  El mejor ejemplo es cómo preparamos este disco. En febrero de 2015 me quedé sin bajista y batería, reformamos la banda con otra formación, al mes estábamos tocando en directo con casi todo temas nuevos, y en poco más de medio año tocamos un montón en directo y grabamos este disco el último fin de semana que Nacho (nuestro batería entonces) pasaba en Madrid antes de marcharse a EEUU, apurando cada ensayo y cada concierto para llevar los temas lo mejor posible. Y tengo que reconocer que disfruto esa tensión.

En los conciertos de ahora los temas de este disco suenan muchísimo mejor y más rodados que en la grabación.

-Teniendo en cuenta que los referentes (musicales) que escucho en vuestro disco son de hace unos veinte años, y algunos de mucho más atrás, ¿en qué es Rizoma una banda actual, musicalmente? ¿Qué aportáis de nuevo a la tradición de la que venís?

Bueno, creo que tampoco hay muchas bandas ahora mismo reivindicando esos referentes musicales, o reivindicándolos de la manera en la que lo hacemos nosotros. Y desde luego, no en la península. Muchas de las bandas actuales que podrían estar en esa tradición, como los Fuzz de Ty Segall (con los que nos han comparado alguna vez), son bastante más moderados en su propuesta que nosotros. Nosotros queremos tocar esa tradición pero de una manera más pasada de rosca, más salvaje y con bastantes influencias más, y hacer de eso nuestro sonido, aunque algunos de los referentes puedan ser evidentes. Supongo que eso es lo que aportamos. No creo que haya que inventar nada, sino sonar frescos, que ya es bastante. Además, creo que manejamos muchos referentes diferentes y que no nos limitamos a ser un grupo revival o tributo del primer grunge.

Por otra parte, en estos tiempos en los que se llama garage rock y se dice que son salvajes a esos grupos de gente delgada con camisas de flores y gorras que patrocinan los de Jaggermeister y cuya música no me transmite nada (o nada bueno), creo que propuestas como la nuestra son…  ¿¿necesarias?? Nos posicionamos absolutamente en contra de la música moderada.

PD: Mas bien treinta años que veinte, ¿no?

-Sé que habéis tenido varios baterías, y de hecho las baterías son de lejos lo más flojo del disco. Es un problema clásico en los grupos, porque hay pocos, muchos menos aún que entiendan el concepto que se usa y muchos de estos ocupados en varias bandas al tiempo. Decía, creo, Joe Strummer, que una banda sólo puede ser tan grande como lo sea su batería. ¿Cuál es el estado actual de ese problema?

Cuando se fue Álex (batería original) en enero de 2015 entró Nacho, que es el chaval que grabó el disco. Nos dijo desde que le conocimos que sólo iba a estar en España unos meses y luego se iba a currar fuera, y pensamos que estaría bien tener el grupo activo con él el tiempo que se pudiera y mientras tanto estar con el radar alerta por si aparecía otro batería. Pero el plan nos salió regular porque aunque mientras estuvo Nacho fue todo muy guay, no apareció nadie y desde que se fue Nacho hasta que empezó a tocar Javi (el actual batería)estuvimos más de un año con el grupo parado. Ahora el problema está solucionado, y creemos que muy bien solucionado. Javi es colega desde hace muchos años. Toqué con él en una banda de sludge metal/crust punk llamada Dispain, en la que yo era bajista, desde 2010 a 2014.

Hay pocos baterías, y el rollo que hacemos no es algo muy popular. En cuanto metes un mínimo de “complicación” (muchos cambios, riffs algo raros, saber tocar rápido y lento, tocar con intensidad...) ya hay mucha gente que no puede tocar bien lo que hacemos. Y joder, nos venía gente a probar que no había escuchado el grupo y que decía que quería tocar post rock…. También, a la gente le cuesta muchísimo entender el compromiso que requiere un grupo, incluso un grupo tan pringado como el nuestro. Y luego hay muchos que tienen hijos y hacen grupos con otra gente que tiene hijos y de ahí no suele salir nada bueno.

No estoy para nada de acuerdo con la frase de Strummer... hay mogollón de grupos con baterías super minimalistas que son grandiosos y grandes influencias (los Gories, Spacemen 3, Flipper, Beat Happening, Pussy Galore...). Aunque para lo que hacemos y queremos hacer Rizoma sí necesitamos a alguien que toque mínimamente bien, no nos vale el rollo minimalista.

-¿Te consideras exigente y detallista a la hora de cerrar tu concepto de la música que quieres hacer? ¿Qué parte tienen en la composición y el desarrollo de los temas el resto de componentes de la banda?

Sí, el concepto del grupo está muy claro y me considero exigente y detallista en eso. No sólo en lo musical, también en las portadas y en los carteles de los conciertos (de los que organizamos nosotros, claro). Pero lo de que el concepto esté claro no quiere decir que todas las canciones tengan que sonar de una determinada manera, para nada. Ni que no vayamos a evolucionar o a arriesgar, porque eso sería un rollo. En cuanto a la segunda pregunta, yo llevo los riffs y una idea primeriza de cómo puede ser el rollo del tema o la estructura, pero el organizar y estructurar los temas, seleccionar qué mola y qué se elimina, qué partes se cambian... lo hacemos entre todos. Y desde que entró Javi damos más importancia a dar vueltas a los temas en el local, improvisar, probar cosas... lo cual está muy bien.  De los títulos y las “”letras”” sí me encargo yo solo.

-Las letras tienen ramalazos de ironía muy buenos, aún me estoy riendo con lo del “Squat”, y en todo el rollo ultrarreferencial creo detectar una cierta autocrítica a nivel de escena (quizá me equivoco). ¿Es útil la ironía? ¿Necesaria? ¿Para qué sirve?

La letra de “The Local Squat...” está inspirada en un cómic japonés que se llama Aula a la deriva, de Kazuo Umezu. Trata sobre un colegio que viaja en el tiempo a un futuro inhóspito y los niños tienen que aprender a organizarse y hacer frente a las tensiones entre ellos y a monstruos de todo tipo. Es una lectura muy recomendable. Y se me ocurrió copiar totalmente la historia pero que en vez de un colegio fuera una okupa. Se me pasó por la cabeza la chorrada y me hizo gracia, sin más, no fue para nada en plan “hagamos una canción sobre las contradicciones y las cosas que creemos mejorables de los centros sociales okupados de Madrid”, ni para creernos más listos que los punks (aunque sé que se podría interpretar así, en el hipotético caso de que alguien más a parte de ti se parase a leer el libreto).  A nivel de “escena” hay muchísima gente a la que criticar antes que a los punks de okupa.

No sé si la ironía es útil o necesaria, pero me parece que muchos grupos que van de muy serios y de supermilitantes no dicen más que obviedades que no aportan nada y muchas veces con una música aburridísima y de lo más conservadora. Pero con la ironía también hay que tener mucho cuidado, porque te puedes pasar de irónico y acabar haciendo mierdas gigantescas como Tendido Cero.
No te equivocas en absoluto con lo de la autocrítica. A Rizoma no te los puedes tomar en serio, pero tampoco en broma, como creo que dijeron nuestros amigos Pylar.

De todas formas, creo que le das más importancia a las letras de la que le damos nosotros, que es lo último que hacemos, y en este disco incluso después de haber grabado las voces (!!). Es algo secundario (o terciario) para nosotros, y creo que el 98 por ciento de lo que tenemos que expresar lo expresamos con la música y los dibujos. 

-Hablo en la reseña de la “nostalgia de una revolución”, es decir, de la sensación de que se desea una revolución y que esta se plantea según los términos de (supuestas) revoluciones que acaecieron hacia finales de los sesenta y principios de los setenta. ¿Hasta qué punto te consideras un revolucionario y hasta qué punto te gusta y te disgusta el mundo real en el que habitas? ¿Es posible esa revolución o todo esto no deja de ser una manifestación de evoluciones personales?

Tío, soy incapaz de responder a esta pregunta sin parecer (aún mas) retrasado mental. Pues sí, me disgustan muchas cosas del mundo real, claro, y a los que les guste es o porque el Tinglado ha hecho su tarea estupendamente o porque son unos hijos de puta. Entre las cosas que me disgustan, pues que vamos directos al colapso inminente con la historia del cambio climático y que ahí, por si alguien tenía alguna duda aún, se ve la naturaleza del capitalismo en todo su esplendor, que hipoteca las vidas de gran parte de los seres vivos del mundo con tal de que siga funcionando su máquina de acumular sin parar. Sí, la ideología de trabajar absurdamente y producir sin parar sin tener en cuenta para qué o a costa de qué, y que la gran mayoría de la población acepte con gusto esta lógica, y que vean como algo inútil todo lo que no encaje ahí. Que no se cuestione la idea del trabajo y del desarrollo desmedido, tampoco desde la izquierda.

Bueno, no sé si será posible una revolución como tal... yo lo veo bastante jodido, lamentablemente. Como he dicho antes el sistema hace su tarea muy bien y que cada vez más la gente es incapaz de darse cuenta de cómo funciona el mundo y de ser críticos y de organizarse. Creo que no puedo extenderme mucho más sobre un tema tan complejo en una entrevista.

-Me da la impresión de que has leído unos cuantos libros de La Felguera y que su visión sobre los procesos contraculturales te ha afectado en cierta manera. ¿Me equivoco? ¿Qué has encontrado de nutritivo y qué de contradictorio en esas fuentes?

Sí, me gustan mucho, sobre todo sus ediciones que tratan sobre procesos contraculturales, como los libros sobre la Angry Brigade, King Mob, los Motherfuckers o el de La Facción Caníbal, y me llevo muy bien con ellos. Además me gustan mucho los actos de presentación que hacen de sus libros. De nutritivo...pues no sé,  que molan, y que me parece interesantísimo conocer esos fenómenos y algunas de sus ideas son muy inspiradoras (la crítica del arte, del trabajo...). La contradicción más grande es que cuando empecé a trabajar pude comprarme más libros sobre abolir el trabajo, que antes sólo podía sacar de la biblioteca de mi barrio. Y que pueden dar una imagen de la contracultura y la revolución como lo que criticaban, como espectáculo, como una estética y como algo elitista y para enteradillos estudiantes de alguna carrera de arte completamente alejados de los conflictos reales actuales.



-El disco está parcialmente basado, o al menos toma alguna inspiración, entiendo, de la serie de animación del mismo nombre, que por desgracia aún no he visto. ¿Podrías hablarnos un poco de eso, cómo te inspiró, de qué va, etc…?

Hmmm no, no está basado en la serie, pero sí hay alguna referencia en alguna letra y en alguna de las láminas del fanzine que acompaña al disco. Bueno, había que buscar título y la serie me encantaba, se la enseñé a Mareike y le gustó mucho también, y no le dimos más vueltas... nos parecía que sonaba bien como título. Una cosa menos por hacer.

Es una miniserie de 10 capítulos de 10 minutos cada uno, así que te la ves en un ratillo. Va de dos hermanos que se pierden en el bosque, y el mayor lleva un gorro de cucurucho en la cabeza y el pequeño una tetera. Es muy tierna, los personajes son monísimos pero a la vez tiene un argumento muy oscuro y un aura de misterio, me recuerda bastante a las películas de estudio Ghibli. Me gusta que sea una cosa diferente a las series de dibujos de humor en plan Hora de Aventuras o Gumball (de las que también soy muy fan, claro). Y tiene ese aura de magia y bosques que tantísimo me flipa.

-Hablas del libro de William Morris “cómo vivimos y cómo podríamos vivir”, del que recoges una cita en portada: “Además del deseo de producir cosas hermosas, la pasión rectora de mi vida ha sido y sigue siendo el odio hacia la civilización moderna”. La discusión sobre esa frase daría (y ya ha dado) para varios libros más. ¿Suscribes al cien por cien esa idea o está ahí para abrir un debate? ¿Es hora de redescubrir la comuna neoarcaica que décadas o siglos siendo reivindicada desde las vanguardias y las retaguardias?

Esa y las otras dos frases que dicen los personajes en la portada están ahí para abrir un debate sobre temas que me inquietan mucho, y me pareció que quedaban impactantes en la portada,  pero desde luego no soy yo quién para dar lecciones sobre la tecnología, el turismo o el mundo rural, y menos en la portada de un disco. Me pareció que molaba ponerlo así y ya.

Pues no sé si la solución es la comuna neoarcaica como tal, no lo creo. Pero sí pienso que es necesario cambiar radicalmente nuestra forma de vida, abandonar la idea del crecimiento económico y apostar por una vida mucho más sencilla o nos iremos todos a la mierda en unos pocos años. Y creo que esto es incompatible con el sistema capitalista y que las posturas ecologistas no tienen ningún sentido si no van acompañadas de un rechazo total del capitalismo. Si quieres que te detalle cómo es el modelo futuro al que debemos dirigirnos y cómo será el proceso para llegar a ese modelo, pues no lo sé, tío... yo solo sé hablar de grupos de rock y de capítulos de los Simpson. No he leído lo suficiente tampoco.

Sí que quiero dejar claro que esta crítica está alejada de las ideas primitivistas de “vuelta al paleolítico” e individualistas que hay por ahí que están totalmente alejadas de la realidad y sin ningún tipo de conciencia social y que, aunque no sé mucho sobre esos movimientos, me parecen una mierda y pura estética.

-Por otro lado, yo me crié en el campo, y he vuelto a él unos años, y sé perfectamente –como tú sabrás también- que el ciudadano medio urbanita, por bienintencionado y concienciado que esté, no aguantaría ni tres meses en ese supuestamente idílico entorno revolucionario autosuficiente apartado de la sociedad con el que a menudo se le llena la boca. ¿No crees que se necesitan debates más con los pies en la tierra, más pragmáticos (aunque partan de ideas radicales)?

Claro, hay una falta enorme de contacto y conocimiento del medio rural por parte de la gran mayoría de la población. Incluído yo, claro, que no he pasado en el pueblo más que los tres meses de verano. Pero como he dicho en la pregunta anterior, no sé si la cosa va de la utopía rural autosuficiente , no lo creo, pero sí pienso que es necesaria una crítica radical al desarrollo desmedido porque si no nos vamos a la mierda en unos pocos años, y creo que la solución pasará en gran parte por la descentralización y la recuperación del contacto con el medio rural.  No creo que la crítica al crecimiento sea un debate que no tiene los pies en la tierra. Más bien, lo que es no tener los pies en la tierra es querer cambiar las cosas o proponer ideas “radicales” sin tener esto como una de las cuestiones fundamentales y directamente relacionada con todas las demás. O también puedes hacer caso a los compañeros de curro y a los familiares y votar a Ciudadanos que son el cambio sensato y son muy realistas. O preocuparte un poquito por el cambio climático y la destrucción del territorio y celebrar cumbres y tomar medidas que no son más que parchecitos pero son “realistas”, enmarcado en un modelo de capitalismo verde que es una mierda gigante.

-¿Sientes alguna afinidad con proyectos autogestionados como el que montaron algunos miembros de Crass? ¿Ha influido en todo esto tu carrera de ingeniero de montes?

Jaja no tío, mis estudios no han influido en absoluto en mi interés por la autosuficiencia. De hecho, por lo general la carrera y la profesión están bastante alejadas de posiciones políticas críticas.
Pero sí, claro que siento afinidad, me parece muy interesante lo que hicieron. Pero no, no está en los planes de Rizoma hacer una sucursal de la comuna de Crass en la sierra de Madrid o en Segovia. Y a Javi le gusta muy poco el campo.

-¿Cómo respira Madrid ahora mismo, musicalmente. Unos años fuera me han hecho perderle el pulso? ¿Qué hay de nuevo y de interesante en tu entorno? ¿Cambios significativos en el subsuelo?

Bueno, te voy a hablar de lo interesante, aunque no todo sea nuevo. Mi favorito es Atomizador, es un genio... canciones preciosísimas, muy cortas y marcianas con guitarra acústica, ukelele y voz con delay a tope. Y su banda Extinción de los Insectos (antes Campamento Ñec Ñec y antes aún Ensaladilla Rusa) es mi banda favorita del mundo de esta década... es algo así como grindcore psicodélico lleno de color, hardcore del siglo XXVII... como Brian Wilson al frente de Naked City. 

Hasta hace unos meses estaban Rollercoaster Kills, que hacían un rollo Hüsker Dü, Rites Of Spring... y tenían algunas canciones muy buenas. Ahora lo han dejado, pero el batería y el guitarra han hecho una nueva banda llamada Kugo, debutaron hace unos meses y me gustaron muchísimo... aunque es difícil juzgar por un sólo concierto, creo que me gustaron incluso más que Rollercoaster Kills.

Doble Capa es un dúo de batería y guitarra-caja de cigarros que tocan superdenso y pesado y muy alto, un rollo entre blues del delta y Melvins.

Oikos, el proyecto de mi amigo Rafael Femiano, a veces solo y a veces acompañado , que es drone/ambient con guitarras limpias de paisajes infinitos, muy rollo Earth. Su último disco “The Great Upheaval” es tremendo.

Wild Animals, que es en plan Superchunk pero con guitarreos a lo Dinosaur Jr. son un tanto moñas y adolescentes pero me flipan porque tienen temazos maravillosos, y al resto de Rizoma no les gustan nada.

Aunque llevan muchos años ya, me siguen gustando mucho y siguen siendo gran inspiración Desguace Beni y su punk instrumental tan personal. Su alter ego, Hermanos Peláez, también mola un huevo. Son los mismos pero tocando dos sintetizadores a un volumen muy alto.

Melange, aunque no es muy subsuelo, supongo que están ya a otro nivel. Rock progresivo y psicodelia con mucha clase, todo muy pro... lo que no me gusta de ellos es que casi nunca tocan en sitios que no sean festivales... demasiado pro. Pero la música, que es lo que importa, me gusta mucho, aunque me gustaban mucho más y eran más originales RIP KC, el grupo anterior del batería y uno de los guitarristas.

Casa Dragón es un grupo nuevo formado por gente de Fabuloso Combo Espectro, suenan mucho a Cosmic Psychos y Mudhoney y se lo hacen muy bien.

Raw Paw es un grupo de Toledo afincado en Madrid que hacen punk y molan un huevo.
Nuestro actual batería tiene muchos grupos y que molan mucho, Misty Grey, que es doom metal tradicional en plan Black Sabbath y Pentagram, y es imposible tocar ese estilo con más clase que ellos; Simón del Desierto que es doom algo más sludge, y Nagant, que es grindcore muy punk con temática sobre la Guerra Civil.

Y, si se me permite la promoción, yo tengo otra banda que se llama Emboscada, bastante inclasificable... rock ruidoso mágico y marciano, dos guitarras y batería. Creo que por lo menos personalidad tenemos.

A parte de eso, hay mogollón de grupos en la ciudad que son una mierda enorme, que hacen música aburridísima y que no aporta nada.

-¿Consideras que de algún modo este disco es un disco conceptual? ¿No son todos los discos discos conceptuales, de algún modo?

Hmmm no, en todo caso sería el grupo lo que es conceptual. Porque la imaginería de los dibujos, los títulos y las letras ya estaba presente desde el primer ep (y desde el cartel del primer concierto). No creo que todos los discos ni los grupos sean conceptuales...

-Dime cinco bandas que hayan sido esenciales para ti en tu crecimiento musical/personal y explícame por qué ha sido así.

Los primeros Pink Floyd (The Piper At The Gates Of Dawn y los singles de esa época). Es mi disco favorito del mundo. Conecto a tope con ese aire tan infantil y de cuento de hadas y bosques y gnomos, tan inglés... Y junto con Hawkwind fue mi puerta de entrada a la psicodelia.  Es una pasada, esa mezcla de canciones pop tan bonitas y locuras instrumentales de exploración cósmica mental, no me cansaré nunca de escucharlo.

Soul Bisontes. Es el grupo que ha habido en la península que más me gusta. Era un grupo de la periferia madrileña de los años 90, liderados por un tipo de nombre Pablo Cobollo, que tocaban un rock psicodélico sesentero, con órgano farfisa (¡cómo me gusta ese instrumento!), y cantado en castellano. Y ahí es donde estaba (gran parte de) la gracia. Las letras eran poesía surrealista de extrarradio, absolutamente geniales... me obsesionan. Actualmente, Pablo Cobollo sigue haciendo discos y tocando en solitario y editando libros de poemas, todo maravilloso.

Nirvana. Podría haber puesto Mudhoney, los Melvins o Sonic Youth, que me gustan más, escucho mucho más a menudo y son referentes clarísimos para Rizoma, pero voy a poner a Kurt y compañía porque para mí fue una revelación enorme de adolescente pasar de escuchar sobre todo metal a escuchar Nirvana y a partir de ahí descubrir los que he dicho antes, y Screaming Trees, Hüsker Dü, Black Flag, Dinosaur jr, Green River, My Bloody Valentine...

Reznik. Aunque en cuanto a discos de esa escena stoner/doom/sludge peninsular de la década pasada me quedaría con los discos de Rip Kc, Moho, Orthodox o Viaje a 800, ver a Reznik en directo me impactó mucho, el concepto del grupo de hacer algo tan minimalista y tan marciano y tan pesado fue una gran influencia para mí.

Extinción de los Insectos y Atomizador. Ya he hablado de ellos dos preguntas más arriba. Es la música que más me inspira actualmente, aunque no sea evidente en mis grupos. Su actitud, el hacer una propuesta tan radical y tan clara y originalísima, a la contra de todo, la estética de las portadas y de los fanzines que hace Jose tan flipante y personal...

Y podría seguir la lista con los Stooges, Black Sabbath, Comets On Fire, todos los grupos de los que hablo en el apartado de Nirvana, Slowdive, Bardo Pond, High Rise, Loop, Earth, Sleep, Ride, 13th Floor Elevators, MC5, The Velvet Underground, Six Organs Of Admittance, Om, Swans, Hawkwind...

-Hagamos lo mismo con cinco elementos no musicales...

Ahh, los Simpson en primer lugar sin duda, porque han estado presentes en mi vida desde que era un niño pequeño, han influído en mi educación tanto como mis padres y aprendí mogollón de cosas sobre la cultura del siglo XX, desde luego muchas más que en el colegio y el instituto y más útiles, como por ejemplo saber que existe un grupo que se llama The Who.

Los dibujos de mi gran amiga Elena Serrato, porque esos bichos mezcla de mitología japonesa y rituales ancestrales de muchas partes del mundo son una pasada, y me enseñó muchísimas referencias y me animó a ponerme a dibujar yo también mis monigotes de retrasado mental.

Los cómics de Calvin y Hobbes, porque es sabiduría, frases lapidarias y ternura por todas partes.

La serie Mas Allá del Jardín (que así se llama en castellano Over The Garden Wall), que ya he hablado bastante sobre ella ahí arriba.

La película de The Wicker Man, porque me flipa esa imaginería de paganismo. Y la banda sonora es una pasada.

-¿Para que sirve una banda de rock&roll?

Ahhh...para gastar mogollón de tiempo que podría estar invirtiendo en buscar curro, estudiar oposiciones  que no iba a aprobar en la vida, hacer un master, haberme ido de erasmus en vez de haberme quedado preparando el disco que luego fue “Amasijos...”, aprender programación o alemán, o chino (que es el futuro), viajar a lugares exóticos y tener una mochila en la que pusiera las banderitas de los países que he ido coleccionando...

-¿Qué hay después de la muerte?

Nada. Y si resulta que sí que hay algo, seguro que vamos a un sitio donde no ocurre nunca nada.



Entrevista por F.G.L.

miércoles, enero 24, 2018

ANSIA PURA – Una entrevista con SOMBRA DE LOBO



No es necesario, realmente, reseñar un disco como es el excelente "Adelante en Espiral" cuando el lector puede escucharlo en bandcamp y cuando el responsable del artefacto se presta amablemente a discutir los detalles y pormenores del mismo en una entrevista larga. He prometido sin embargo hacerlo, y en breve caerá esa reseña. Mientras, aquí queda la entrevista con Nuño, responsable único del proyecto Sombra de Lobo. Gracias a él por un muy interesante disco, en el que bajo un prisma personalísimo se escuchan ecos de clásicos como Bauhaus, Misfits, Sisters of Mercy, Décima Víctima o Parálisis Permanente. Y gracias también por la sinceridad y la claridad en la respuesta. Pronto, más.


-¿Cuál es tu historia musical anterior a Sombra de Lobo y por qué decides abordar este proyecto en solitario?

Pues mi historia musical es la de cualquier chaval apasionado por la música desde su nacimiento. ¡Y cuando descubrí el punk y los sonidos más agresivos ya me obsesioné por completo! Desde preadolescente he estado queriendo tocar o tocando. Lo hago desde 1996 en diferentes proyectos, pero básicamente con los que más cosas hice, toqué, grabé y edité fue con DISYOUTH, AGONIZANTE REALIDAD, UNAUTHORIZED, DERROTA, DESGUACE, ENAMORADOS y, ahora, con SOMBRA DE LOBO.

Decidí hacer esto desde niño ya que desde que aprendí a tocar la guitarra me he grabado cintas en casa, pero eran una mierda. Hacia finales del año 2015 escuché una maqueta de un grupo de Barcelona que se llama RES y se encendió una luz en mi cabeza. Me dije “mira, con una guitarra acústica marcando el ritmo y otra eléctrica punteando, junto a un bajo con líneas sugerentes y una percusión primitiva, podría hacer algo guay, vamos a ver si puedo hacerlo”. El problema era la batería, que yo no sé tocarla, pero la percusión sí. El ritmo lo llevo bien, pero como soy zurdo y tengo el cerebro del revés la batería siempre me ha costado muchísimo aunque se pueda cambiar la caja, el timbal y demás…  La cosa fue más que nada ver si podría llegar a tocarlo, a hacer algo yo solo. En cuestión de un mes me puse a sacar canciones y a ensayarlas en casa y en el local de ensayo (la percusión y algo el bajo). Mi amigo Huevo me ayudó a grabarlas, casi a escupirlas porque todo el proceso fue súper rápido (componer, ensayar, grabar). No sabía ni siquiera si iba a quedar bien, si cuadraría todo. No sabía cómo hacer la voz. En fin, todo muy improvisado, pero el resultado moló. Muy oscuro, porque psicológicamente y emocionalmente estaba bastante mal, pero me ilusionó mucho el tema y sobre todo flipé un poco con haber sido capaz de hacer algo así, no porque la música fuese genial sino por el hecho de haberlo conseguido y que hubiese quedado más o menos guay. Ten en cuenta que yo componía y ensayaba de la manera más precaria que puedas imaginar. En mi casa me grababa la guitarra acústica con el móvil, luego lo reproducía y sacaba los punteados… Me iba al local y con el móvil también, tocaba la percusión y el bajo. Todo desmembrado, eran piezas sueltas, era un caos que funcionó.  

-Me gustaría que me trazases el recorrido o recorridos que van desde esas ideas hasta la canción final. ¿Dónde las apuntas/grabas? ¿Cómo y dónde las desarrollas? ¿Necesitas un medioambiente determinado para ello o cualquier lugar vale?

Cómo he dicho, al principio la cosa era así, un móvil donde grababa ideas, las reproducía e iba mejorando y completando, todo sobre la marcha. Cuando estaban más o menos terminadas, me iba al local con unos cascos, me ponía el volumen al máximo y tocaba la batería. Fatal, muy incómodo y eso, pero es que no tenía nada más… Después de grabar la demo, en vez de cascos, conectaba el móvil al equipo de voces y al menos tocaba más cómodo, pero en esencia, componía igual, siempre en casa y luego en el local se me ocurrían cosas con los punteados o el bajo. La percusión la iba sacando al ensayarlo. Me quedaba después de los ensayos con Derrota y me tiraba ahí toda la tarde. Era muy rápido porque a uno solo las cosas le cuestan menos ya que no dialogas con nadie. Eso tiene cosas buenas y cosas malas, lógicamente. La movida es que yo lo tenía todo en la cabeza, básicamente. No escuchaba la música completa o toda junta hasta que finalmente lo grababa en su versión definitiva. Era un poco locura ya que imagínate la expectación por escucharlo completo: ansia pura. Pero no sólo eso: la demo y el primer LP están grabados de una forma extraña: empezaba por la guitarra acústica e iba añadiendo cosas. Lo lógico es empezar por la sección rítmica, pero claro, no busques un comportamiento lógico aquí… Más tarde empecé a hacer las cosas mejor. Cuando me mudé a las proximidades de Barcelona perdí toda la estructura que me permitía ensayar: las baterías, el ampli de bajo… No tenía ni idea de si iba a seguir haciendo cosas o no con Sombra… Empecé a ensayar con una peña y a componer para ellos, igual que siempre, con el puto móvil para grabar los esbozos.

Un día Laura, mi pareja, me enseñó un programita muy básico pero efectivo que es de Mac, que se llama Garage Band con el que puedes grabar por pistas y eso, de modo que vas añadiendo instrumentos o lo que sea y así podía escuchar las canciones terminadas antes de grabarlas bien. Todo un adelanto para un ser del pleistoceno como yo. Puede que te parezca increíble que no moviese el culo antes para conseguir algo tan simple, pero, claro, es que quitando lo de las cintas cutres que grababa de chaval (con sólo guitarra y voz)  yo tenía grupo, sacaba canciones y luego las ensayábamos todos en el local… No tenía necesidad de algo así porque no tocaba solo. Cuando empecé a hacerlo ni lo pensé, fue todo muy rápido y en esencia era divertido como hacía las cosas. Ahora lo hago todo distinto. Con la cinta de “Fiebre Subterránea”, grabada de forma muy precaria pero resultona, fui haciendo acopio de material (ampli de bajo, un bajo, una batería electrónica… cosas) y grabando sin parar, muchas demos de diferentes canciones, hasta lograr la versión definitiva. Un método más o menos normal. El disco de “Adelante En Espiral” lo he ido componiendo mientras lo grababa. Grabar era como ensayar antes.

Respecto al desarrollo de una idea, primero está todo en la cabeza… puedo empezar con un riff al que le añado una melodía y desde ahí, hasta el final de la canción. No creo que este método sea nada especial, es muy típico. Cuanto más solo estoy, mejor. Se me puede ocurrir una canción, riff o melodía de voz en cualquier parte, es un poco enfermizo. Para grabar, aprovechaba los momentos que podía, muchas mañanas, algunas tardes. Lo iba haciendo poco a poco entre Febrero y Abril del 2017.

-No me gusta a hacer listas de influencias porque suelen ser una cosa más personal del crítico que del autor. Además, este disco está un poco en tierra de nadie, y creo que esa es una de sus virtudes. En todo caso, hay algunos nombres que se me han venido a la cabeza en momentos concretos (no en canciones completas): Décima Víctima, Sisters of Mercy, Bauhaus, Misfits/Danzig, Parálisis Permanente. Probablemente no sean bandas que te interesen, pero a  mí me ha recordado a eso en algunos arranques. ¿Hay alguna banda, idea general, estilo o microestilo que puedas considerar una influencia declarable?

Todas esas bandas me gustan e interesan mucho, tengo sus discos y eso. Sobre Danzig, ya he dicho, hay un par de temas en los que directamente quise imitar su estilo. Hace siglos que escucho a Danzig, Misfits, Samhain… Me encanta. Cuando terminé la grabación de Fiebre Subterránea (donde yo creo que sí había más rollo post punk que en Adelante En Espiral) volví a escuchar compulsivamente los discos de Danzig y me propuse conscientemente sacar temas de ese rollo. Fue porque siempre había querido hacerlo pero en los grupos donde tocaba, no funcionaba. Empecé por ahí (tenía alguna idea previa,  esbozos de canciones, pero la primera que hice entera, fue a partir de ahí). Reconozco que he intentado seguir ciertos microestilos y me alegra mucho que te hayas dado cuenta, no me supone ningún problema porque no voy de músico creativo por la vida, en plan “buff, yo soy súper especial y original, intento hacer la música que nace de mis entrañas y nada más”. Tío, yo a veces cuando escucho o leo eso en una entrevista me parto. Una cosa es no escuchar música ajena cuando haces música porque estás ahí metido en la cueva (cosa que a mí me pasa) y otra es suponer que la música que uno crea nace de la nada, que la música que te gusta no te influye o afecta en algo, por poco que sea. Es muy pedante eso.

Yo lo reconozco y me siento a gusto con mis referentes. En este disco, mi estilo es el punk, mi subestilo es el indie rock de los 80-90 bañado con ruiditos psicóticos y oscuretes, mis referentes son Glenn Danzig y Hurula mezclado todo con mis manías y maneras. Poco más que decir ya que es todo muy evidente, con todo, creo que no hay mucha gente en este país que lo haga así aunque, repito, sea muy poco elegante que lo diga uno, pero mira, me envalentono. En la grabación anterior no había tanto Danzig, pero había Parálisis, incluso ramalazos de Eskorbuto; había Dinosaur JR y heavypunk… No sé, yo lo veo normal, es la música que me gusta, es parte de lo que escucho habitualmente. No llego a su altura, estoy a la mía.

-Sonoramente el disco es cohesionado. ¿Ves también algún tipo de unidad temática en las canciones? Mi teoría es que en la mayor parte de los discos, incluso en aquellos que pretenden ser simples colecciones de “singles” y huir de lo conceptual, hay siempre algún tipo de hilo conductor, al menos si han sido compuestos en un mismo tiempo y bajo unas mismas influencias. Sin embargo, ese hilo a veces sólo se percibe tiempo después de haber registrado el disco, cuando se mira de modo retrospectivo.

Estoy de acuerdo. Esto no sé si lo he dicho alguna vez, pero todos los discos de Derrota, por ejemplo, son así. Creo que no lo saben ni mis compañeros de grupo, porque creo que esto nunca lo hablamos,  pero como yo componía y escribía las letras, yo tengo razón y ellos no ¡jajaja! Eran discos de los tres, todos participábamos, pero las letras eran cosa mía y las letras dirigen el tema, ¿no? Respecto a Sombra De Lobo, bueno, lo que puedo decir es que hay temáticas recurrentes; tanto, que en este disco me propuse mezclar lo personal con la ficción y no hablar tanto de política como sí hice en el primer LP y en la cinta de “Fiebre…”. Tengo que decir que estoy muy contento con las letras, las antiguas y las nuevas, especialmente porque en lo que vino a ser un año tuve que escribir mogollón de letras para Sombra (más de veinte)  y para el grupo con el que tocaba en Barna, que se llama Enamorados (lo dejé por diversos motivos, pero llegué a grabar un LP que ellos irán presentando con otro cantante). Lo que quiero decir es que uno no es un genio y tiende a repetirse, pero creo que el resultado está bien. Por lo general, las letras de Sombra me gustan bastante. Las de este disco… sólo diré que hay algunas sobre gente conocida, gente real, otras sobre mí, otras sobre temas políticos (aunque no lo parece y eso me gusta), otras sobre cosas imaginadas. Lo que yo ahora mismo no veo es ese hilo conductor que mencionas. Quizás es eso, que tengo que esperar un tiempo, pero si existe ese hilo y tú lo ves, me alegro, porque me gusta que exista y me gusta eso de que cada disco sea un reflejo conceptual de un momento determinado.

-¿Recibes influencias de otras personas mientras compones? ¿Aceptas sugerencias? ¿O es un proceso más bien hermético y aislado?

Si te refieres a influencias musicales, recibo todo tipo de influencias y me empapo a tope con la música que escucho, y a veces intento imitarla descaradamente-que no plagiar o copiar-. Tomo la música que me gusta como referencia, claro que sí. No creo que haya actualmente mucho espacio inexplorado en el rock’n’roll y su infinidad de derivados, así que es lógico que la gente se imiten unos a otros, al fin y al cabo creo que así es como se ha logrado que surjan cosas nuevas y diferentes en la música. Si te refieres a si acepto o no sugerencias para añadir o quitar cosas de la música ya compuesta, te diré que depende. En un grupo siempre, porque aunque uno u otro saque una canción, los arreglos molan y no hay que cerrarse. Se aprende mucho de las aportaciones de otras personas, aunque cueste adaptarse. Lo que pasa es que la cosa tiene que ser ágil, ¿eh?, tiene que haber compenetración. Pero suele quedar mejor. Mi problema con Sombra es que lo hago todo yo y soy yo mismo quien arregla las canciones porque o bien no las comparto con nadie o bien cuando lo hago ya las considero terminadas. Pero sí es cierto que a veces Laura u otras personas me han hecho saber su opinión y a veces les he hecho caso.





-Si intentases pasar estas canciones al directo ¿necesitarías una versión fiel o supondrías que la cosa variará con el añadido de músicos diversos? He comprobado que a veces nos volvemos algo rígidos cuando pensamos mucho en solitario sobre una cosa.

Sólo con poder llevar estas canciones a un escenario ya me pondría tan contento que me importaría poco que no fuesen exactamente iguales. No me preocuparía porque lo que sí creo es que se respetaría siempre la esencia de las canciones. Tuve la suerte este verano de ensayar algunas veces con dos amigos de aquí y sacamos temas antiguos… Bua, la cosa era muy cañera, muy diferente a como están grabados. No cuajó por problemas de tiempo (la vida en Barcelona es ajetreada y cara, el tiempo es limitado y la gente que conozco está en mil cosas, en varios grupos o pasando ya de ensayar con bandas). Lo que quiero decir es que las canciones se adaptarían a los intérpretes y a su voluntad. Sonaría parecido y reconocible, supongo, pero igual… creo que eso es imposible. Y no me importa, me gusta la idea. Ojalá suceda alguna vez.

-Robert Crumb tiene un grupo que se llama “Los primitivos del futuro”, una idea que he usado para definir a alguna banda y que creo que define también a una gran parte del rock&roll que más me gusta. Hay cosas que son muy antiguas pero suenan futuristas, o que son futuristas pero están construidas con mimbres clásicos, como si fueran naves espaciales hechas de madera y clavos. En tu trabajo hay una cierta tecnificación pero también un sabor arcaico, terrenal. Suenas moderno pero al tiempo ancestral, por decirlo así. ¿Cómo se vive esa contradicción si existe?

Esto que dices es un halago para mí, la verdad. Reconozco que me flipan muchos discos antiguos y cómo suenan, incluso los que para muchos estándares, suenan mal, pero para mi no. ¡Para mi suenan muy bien! También me gustan mucho los sonidos de época, por decirlo así; el modo en que sonaban los discos en los 70 u 80, en los 90… las décadas que más me han influido en esto que he hecho ahora, especialmente 80’s y 90’s. Lo que pasa es que yo no tengo ni idea de grabar, estoy aprendiendo, y cuando no sé hacer una cosa, pues experimento e intento que no se note que lo estoy haciendo mal ¡jajaja! Así se dan casualidades… Creo que el sonido está conseguido para haberlo grabado en casa una única persona y sobre la marcha. Ahora mismo siento que no sería capaz de repetirlo y me da vértigo ponerme a grabar de nuevo, pero supongo que si le vuelvo a echar horas, surgiría algo diferente pero guay (para mi al menos, ya que yo soy mi fan número uno, lo reconozco). Lo de la contradicción que dices… yo no la siento.

No llegaré al punto de decirte que es todo el sonido es premeditado, porque hay mucho de accidental aquí, pero sí es cierto que antes de empezar a grabar, escuchaba música de hace ya 20 o 30 años y me propuse imitar cosas, como los primeros discos de Danzig (algo que creo que es descarado en al menos un par de canciones) y cosas del indie/punk americano de los 80 que me molan… todo eso a mi manera, que no sé cuál es, pero vamos, intentando que sonase ruidoso pero melódico, cañero y agresivo… ¡pero sensible y con flow! Bueno, yo he intentado cosas, los resultados los juzgarán otros. También me interesa mucho crear un grupo de psicodelia punk, desde hace muchos años, y he intentado hacer algunas cosas así. No he llegado al nivel de grupos actuales de ese rollo como Destruction Unit , pero el rollo de crear una atmósfera única para el disco creo que más o menos está conseguido, aunque todo sea mejorable. Sobre esas pulsiones en la música moderna, es muy interesante lo que dices. Muchas veces pienso que el rock actual tiene ya poco que decir, que hay poco que innovar en el estilo, por eso se le da tanta importancia al sonido: que si suena a viejo, que si suena a grabado en el váter… Hay gente haciendo música muy loca, especialmente en el black metal, el heavy y cosas muy técnicas. En cada estilo hay representantes increíbles. El punk yo lo veo un poco perdido, sinceramente, pero aún hay grupos flipantes y siempre los habrá, estoy seguro.

Respecto al sonido, hay también una pequeña corriente en el punk que suena premeditadamente mal, y cuanto peor suenas, más cool eres. No diré nada, pero es así. A mí me mola ver un grupazo en directo, que suene que te cagas y luego el disco sea fiel a eso. Yo puedo encontrar el encanto en cualquier parte menos en una bandera de España, ¿me explico? No soy un cazurro ni el hooligan de ningún estilo, no tengo una mente cerrada pero tampoco soy un incondicional porque sí del hype de turno sólo porque la Vice o el Máximun Rocknroll digan que mola. Ya sé que esto es muy manido, pero es que a veces la gente es gilipollas, no puedo ser más claro. Tampoco quiero criticar los gustos de nadie, aunque lo acabo de hacer, pero me refiero a que esto es música que, aunque se ofrezca como independiente o DIY, sigue teniendo un componente de superficialidad, de espíritu consumista, afectado por modas seculares que incluso pueden ser contradictorias. Quizás ese rollo de moderno pero ancestral tiene que ver un poco con todo eso, con estos tiempos paradójicos de confusión total en los que vivimos los humanos de hoy, conectados al aislamiento, confundidos ante novedades de hace un siglo, viviendo rodeados de antigüedades brillantes, tan imposibles de superar que nos dedicamos a pulirlas, a darles brillo. Y se las ofrecemos a los incautos como novedades listas para consumir, previo pago desmesurado. Todo es posible.

-Grabaste esto en “una habitación de Vilanova y la Geltrú” y te defines como DIY. ¿Cuáles son los límites de ese DIY? ¿Se trata simplemente de funcionar por cuenta propia sin el apoyo de organizaciones o aparatos o implica también grabarlo tu todo en casa y por ti mismo sin ningún tipo de injerencia exterior? Mi idea particular del DIY consiste en mantener el control creativo absoluto (yo y quienes colaboren,) pero intento grabar en las mejores condiciones. Es decir, si ahorro dinero y me puedo permitir un buen estudio, no creo que eso afecte a mi DIY. ¿Qué opinas?

Los límites del DIY son económicos y los de la capacidad de uno o de la gente afín que te rodea que esté dispuesta a ayudarte o a hacer las cosas contigo, con tu sello, tu grupo, lo que sea. No creo que haya más límites, sinceramente. Yo hago las cosas de forma DIY no porque no pueda hacerlas de otra, sino porque es lo que me gusta y como sé hacerlas, como lo he hecho siempre y con lo que más a gusto me siento. Si las cosas fueran diferentes, las haría partiendo de axiomas iguales y observaría cómo evolucionan. Si pudiera permitírmelo, iría a un estudio a grabar, me tiraría allí el tiempo necesario para terminar un disco, pero no puedo. Por eso he intentado reproducir eso de la manera que he podido, en casa, para grabar con paciencia, sin estrés, repitiendo lo que hiciese falta. No hubiese podido pagar las horas de estudio invertidas, no por falta de voluntad o fanatismo DIY, sino por pobreza.

Cuando he tocado en grupos, he ido a estudios a grabar, claro que sí, los mejores que hemos podido permitirnos porque queremos el mejor resultado posible y dejar un buen testimonio. No siempre nos lo hemos grabado todo nosotros, pero hemos participado al máximo. Y cuando lo hemos hecho nosotros, lo hemos hecho buscando el mejor resultado, también en la medida de nuestras posibilidades. Para mí todo eso es DIY. Tú has conseguido tu pasta y te la gastas como te da la gana en función de lo que quieres y puedes. Yo creo que una cosa DIY puede llegar a ser grande y seguir funcionando con la misma ética. Es de lo que se trata, del espíritu, de construir algo propio, que no te puedan tocar ni manipular. Lo que pasa es que mucha gente confunde el DIY con precariedad o con algo cutre, pero para mí no tiene nada que ver.

DIY es lo que tú comentas, es independencia y control sobre tu actividad, sea la que sea. Es un método de aprendizaje y de diálogo creativo. Es un estilo de trabajo que no tiene por qué estar reñido con la alta productividad o calidad en su resultado pero que depende por completo de los medios y recursos que se tengan, de la imaginación, del esfuerzo, de las ganas, de la suerte… por eso varían tanto los resultados en los proyectos DIY.        

-Grabar en casa hace que el sonido sea relativamente “lo fi”. Las guitarras suenan muy bien, pero el conjunto tiene, forzosamente , el encanto de lo artesano y lo no del todo pulido. En el mundo underground eso es visto a menudo como una virtud, lo roto, lo inacabado, lo que está en bruto es considerado a menudo superior a lo que tiene un acabado prístino. ¿Qué opinas?

Opino que hay opiniones como culos en el mundo. Todo el mundo tiene su culo y su opinión. Muchas gracias por lo que dices de las guitarras y lo del encanto del artesano, pero te repito, yo he hecho lo que he podido y soy consciente de que muchas cosas están mal. ¿Que hay una vertiente de opinión que dice que el underground mola más si parece inacabado…? joder, pues es lo mismo que decir que el DIY es cutre. A veces si parece inacabado puede molar pero otras será una basura, igual que hay cosas que son cutres premeditadamente y molan y otras lo son y no hay manera de disfrutarlas porque son insoportables. Pero a otro loco puede que le parezca una puta obra de arte. Yo qué sé. Eso en el punk pasa muchísimo, desde siempre. Yo he intentado hacerlo lo mejor posible con mis medios, conocimientos y capacidades. Soy consciente de las carencias y me joden esas carencias porque yo quería lo mejor. Me la suda el encanto de lo artesano, quiero lo mejor. Y no lo mejor que diga otro, sino lo que en ese momento me parece que es lo mejor, como si es grabar con cinta y no en digital porque soy un fanático de los sonidos antiguos... Te llegará otro y te dirá que es muy caro, que es incómodo, que es lo que sea, pero tú odias el sonido digital, sólo usas amplis de los 70, los pedales descatalogados  que usaban tus abuelos y todo tipo de cacharros analógicos… ¿Es eso más o menos underground? Podríamos hablar de esos miles de grupos que se dejan dinerales imitando sonidos antiguos, grabando con aparatos que no tienen piezas de repuesto... Joder, porque se lo pueden permitir y les gusta, es normal. Otra cosa es el quiero y no puedo…  Quizás tu pasas horas ahí perfeccionando el sonido que ya ha sido grabado de una forma precaria e igual la estás cagando, te equivocas al intentar mejorarlo y con un rollo más amateur hubiese molado más… Más simple, más al grano. Puede ser.

Lo que te digo es que yo he intentado hacerlo lo mejor posible porque para mi era también una manera de aprender, de experimentar ya que todo lo que hago es amateur. No tengo casi medios, así que, como dices, aun intentándolo todo bien, siempre será lo fi, jajaja… Es una rayada. Así que lo mejor es lo que antes hablábamos, hacerlo a tu manera dentro de tus posibilidades y según tus gustos, siempre será todo opinable, faltaría más. Mi intención es hacer las cosas del mejor modo posible e intentar imitar los sonidos y los estilos que me gustan y te aseguro que no lo consigo ni de coña. Me quedo satisfecho, pero sé que con más medios y manos más expertas todo hubiese quedado diferente. No digo mejor, porque lo que he hecho me gusta mucho, pero diferente seguro, así que...

-¿Cómo programas las baterías, cómo decides los ritmos que cuadran con cada canción?

En primer lugar, no programo baterías. Todo está tocado, en todos los discos. ¡Por eso hay errores! Lo que pasa es que tengo un estilo peculiar a la hora de tocarlo y grabarlo. Lo nuevo ya lo he ido grabando de una forma más normal, empezando con la batería, que es lo que más me cuesta de hacer. Se me ocurren muchas cosas que no soy capaz de tocar, así que, me adapto a lo que sé o puedo llegar a hacer. No hay mucho más que decir al respecto. Yo soy un inútil, tío, un completo neófito en esto de los programas de grabación y plugins. Sé que existen programas que imitan baterías muy guapas, se programan y, hala, tiras millas… pero de momento no los uso. Todo es manual, por así decirlo.

-Noto una especie de evolución dentro del trabajo: Las voces van ajustando hacia el tercer tema, donde todo empieza a cuajar con más claridad. ¿Está todo grabado en una misma sesión o a lo largo de un tiempo? ¿Cómo lo ves ahora, pasado el momento?

Sobre la voz me han dicho diferentes cosas. Básicamente que no se entiende (en el sentido de que no se escucha nítida) o que está baja… Bueno, voy aprendiendo aunque tengo que decir que sí me gusta así, pero hay cosas que quiero cambiar si vuelvo a grabar algo nuevo (si es que soy capaz de cambiar algo). Supongo que cada uno tiene su opinión y sus gustos, es lo suyo.

Respecto a la evolución dentro del disco, la hay, claramente, pero no sé si la que dices porque el orden definitivo no es el orden de grabación. Hay una diferencia porque a mitad de grabación conseguí un programa nuevo y mejor (un Cubase). Empecé a grabar de nuevo y al final opté por grabar las otras canciones ya grabadas con el programa anterior, aunque usando algunas partes… Lo que quiero decir es que iba aprendiendo y probando cosas nuevas sobre la marcha, así que hay esa evolución obvia, aparte de las que tú u otra persona pueda ver.   

-¿Cuáles crees que son los puntos fuertes y débiles del disco? Te diré lo que opino yo. Me gustan mucho las guitarras y la mayor parte de las voces, y creo que las canciones, en esencia, son buenas y sólidas y las letras tienen algo que decir. También me gusta el hecho de que el disco está en una especie de tierra de nadie, entre el punk, el rock oscuro, el pop, gotitas de metal… En el debe, algunas baterías están un poco fuera de sitio, o demasiado recargadas, como si perteneciesen a otra canción. Me pasa, por ejemplo, en “Que arda el camino”, que me parece de las mejores del lote pero al tiempo de las peor cerradas…

Los puntos fuertes del disco son las canciones; los débiles, puede ser que el simple hecho de haberlo grabado en casa, aunque esto también te digo que puede ser un punto fuerte para mucha gente al escuchar el resultado, no sé. Me lo han dicho. Para mí lo peor o lo que es más mejorable también son las baterías. Pero tengo que decir que si vieses como las he hecho y con qué igual flipas y les das el valor que yo les doy, jajaja. Es decir, he conseguido algo guay con medios precarios, así que les doy un valor. Que estén así de recargadas es por cómo las grabo, mi estilo al tocarlas: tienen mucho bombo, sí. Por eso puede parecer que son programadas, no sé, pero así consigo más caña. Son electrónicas, lo que ayuda a que el disco suene ochentero, pero a la vez algo así como una especie de Ministry punk (aunque no ha sido una referencia para mí en este disco, pero ahora mismo me viene a la cabeza por el tema de batería electrónica y caña). Digo que es lo que menos me gusta pero no que no me gusten las baterías en absoluto; hay movidas que me gustan bastante: los ritmos, ciertos cambios, sonidos de timbal… Los platos son también mejorables, pero tenía lo que tenía y grabar un plato en una casa no es fácil, ni una batería, ni nada en realidad: ¡ molestas a los vecinos!!! Hay que ingeniárselas, trampear. Por eso estoy muy contento con el resultado, porque sé lo que he hecho para conseguirlo y la currada que me he pegado, aunque no sea muy elegante reconocerlo.

Sobre la de “Que Arda el Camino”  diré que es una de las que regrabé y usé cosas ya grabadas que aparecían en la versión antigua pero quería conservar. La cosa es que tiene un error bastante garrafal, un error de ejecución importante que seguramente me debería haber hecho regrabarla por completo. Estuve un tiempo dándole vueltas: “¿La dejo así, con el error o la regrabo? Joder, se nota mucho el error, pero… me da una pereza increíble regrabarla… Tampoco se nota mucho; hostia, ¡sí se nota! Bueno, es como que no se pilla bien… voy a ver si lo apaño con esto o lo otro… Se nota igual, pero me la suda, así se queda”. Vaya, parece que sí hice eso del rollo underground poco pulido y roto ¿no? He sacado un disco con una canción que tiene un error jevi y lo he hecho conscientemente. Soy un snob o un vago, no lo tengo claro. Pero sí, las baterías podrán o no gustar independientemente de todo esto que te cuento… Con todo, las reivindico.   

-¿Hay planes de tocar en directo o estamos ante un proyecto estrictamente de grabación? ¿Cuáles son tus ideas para el futuro?

Tengo una multitud de ideas demenciales que me llenan de falsa pero necesaria ilusión ya que la realidad suele ser frustrante y repetitiva. Planes de directo a corto plazo: nulos e inexistentes. Pero tengo la opción de empezar un grupo nuevo, al menos de acoplarme a algo que ya existe y que tiene buena pinta, así que, puede ser que toquemos algún tema, no sé. Quiero intentar dejar de confundir mis deseos con la realidad, pero tiendo a la fantasía y la ilusión, como dije, por lo que jamás pierdo la esperanza por estúpida que sea.

Sombra De Lobo surgió como un experimento y creció hasta ser una necesidad que las circunstancias de mi vida aislaron de aquello que habría hecho posible el llevar el proyecto al directo de una forma más o menos fácil. Ahora ya no me obsesiona tanto el tocar con Sombra como el tocar, así en general. Me lo estoy tomando con más calma porque espero que este disco abra alguna puerta nueva y me conecte con gente que aun no conozco. Lo que me preocupa de verdad es no vender los discos, por lo que mis esfuerzos y mi dedicación van a ir enfocados al tema de venderlos. La tirada del LP es pequeña, 200 copias y las voy a vender lo más barato que pueda, a 10 euros. No voy a ganar nada de dinero ni lo espero; quiero recuperarlo para reinvertirlo. Me contento con vender 150-170 copias (quien quiera puede contactar conmigo aquí: sombradelobo@hotmail.com; también soy fácil de encontrar por el bandcamp o el facebook). ¡Estoy vendiendo una pequeña joya a precio de saldo! Portadas serigrafiadas, pocas unidades, musicón… No soy objetivo, lo sé, pero es un disco que yo me compraría. Eso es importante para mí.

Sobre el futuro… desde que terminé la grabación he compuesto muy pocas canciones y me he centrado en poder editar este disco, en todos los procesos que hay que hacer, empezando por ganar (trabajando) el dinero necesario. Lo edito yo, mediante mi sello, Producciones Sombra, que ha editado todo lo de Sombra de Lobo menos la primera demo. Además he participado en el segundo LP de Auxilio, “Tormenta”, un grupo de hardcore estilo sueco de Valencia. Este proyecto es muy personal, literalmente. Si no vendo los discos, no sé qué pasará pero no creo que deje de componer y grabar, me sale solo. Tengo ideas descabelladas. Algunas prefiero no decirlas pero otras sí, porque a saber… Por ejemplo, sacar un doble LP. Me parece un gran reto, algo genial, aunque económicamente totalmente inviable.

-¿Para qué sirve la música? ¿Por qué cantamos?

Los demás no sé pero yo lo hago porque me gusta, me realizo a través de la música, me emociono y me evado realizando una actividad creativa. La música sirve para disfrutar y gozar, para expresarse y definirse, para comunicarse y exorcizar emociones de toda clase, ideas, alegatos, historias, secretos. Sirve para vivir.



Entrevista realizada por FGL para Kaput Enterprises 2018


martes, diciembre 19, 2017

RIZOMA – “Over the Garden Wall” (Amasijos vegetales, 2017)



Pocos discos tan fáciles y al tiempo tan difíciles de reseñar como el tercer asalto de Rizoma, Over the Garden Wall. Intentaremos sintetizar. Escuchado sin condicionante alguno y sin saber nada más de la banda que lo que el sonido aporta, conceptualmente a ciegas, la cosa parece sencilla: cucharones soperos de Stooges vía Mudhoney y guarnición de chicharra desbocada heredada de los MC5; nutritivo rancho, sin duda, que oscila, tallado en bruto, entre el punk expandido y el aborto psicodélico. Su sonido es monolítico pero anarca, espinoso y poco pulido por obra y gracia de una grabación urgente, en directo, y la voz está enterrada en la mezcla aunque presente (muy al estilo de cierto underground noventero), hasta el punto de cuajar en una especie de aullido ululante, gloriosamente ilegible por momentos, que, como todo el artefacto, elige la expresividad frente al idioma.

Mucha actitud, en suma, y un general talante agreste y lo-fi, todo lo cual los hace saludables y energéticos para quienes gustamos del caos ruidista trufado de guitarra psicoactiva recolectada a machetazos. Al tiempo –suponemos- esos mismos parámetros los harán indescifrables o despreciables para quienes necesitan líneas más definidas, trazos menos distorsionados; o para quienes, simplemente, han abdicado del caos como elemento sanador (y en su derecho están). En todo caso, Rizoma se muestran clásicos en más de un sentido, porque es un grado del clasicismo, a estas alturas, habitar en la versión que la era grunge (la de verdad, no la de los Stone Temple Pilots) ofreció a la juventud de hace un cuarto de siglo sobre lo que era el Rock&Roll más arisco. Son perfectamente situables, en ese sentido, entre aquel Incesticide de Nirvana que Cobain recolectó mientras esperaba su cargamento de metadona, el Superfuzz Bigmuff de los Honey y los inefables exabruptos de Tad en el aserradero. Salvas las distancias, se entiende. Cercanos también, si no en sonido sí en intención, a bandas de hace menos tiempo, como por ejemplo los recordados Federation X, por cuanto saquean el pasado sin complejos pero se presentan lozanos e incluso “modernos” (aunque en los Fed, la presencia de Black Sabbath era MUCHO más evidente) .

¿Apropiacionismo? No otra cosa es la historia del Rock&Roll, así que nada que oponer en ese aspecto a lo que ofrece joven banda formada por Edu (guitarra, voz y concepto), Mareike Philipp (bajo) y Javi (batería actual, aunque los palos en el disco estuvieron a cargo de Nacho). Al final la diferencia entre una gran banda y una del montón la marcan otros elementos, y el primero suele ser la calidad misma de las canciones. En caso de tratarse de bandas que odien las canciones, acaso lo que importe sea el empaque de la formulación sonora y su capacidad para transportarnos y para, viniendo con la corriente, aportar afluentes y meandros nuevos, savia virgen, ya sea con cuentagotas. El espíritu, esa cosa volátil pero tan reconocible, no depende ni mucho menos de la pura originalidad, aunque uno siempre desee paladear también esa cosa nueva, ese residuo en el paladar de lo antes no visto.

Siendo briosos y expeditivos, brillantes por momentos dentro de su fragmentación, sospecho –porque los conozco- que Rizoma pueden y deben ir todavía unos cuantos pasos más lejos de la marca que ellos mismos establecen; que serán capaces de definirse finalmente como un ente único, sin tener por ello que renunciar a sus filias de base. También sospecho, por el contrario, que están dando más o menos lo que quieren, que su vivificante aunque derivativa nota al pie es un lodazal en el que les gusta revolcarse. Que están cómodos ahí.

Si en lugar de hacer este juicio a pelo, uno analiza el artefacto en contexto, la cosa cambia, claro. Y de ahí la importancia, en este caso, del tan ninguneado formato físico. Viene el disco empaquetado entre una deliciosa marea de garabatos a cargo de Edu, boscosa avalancha de amables monstruitos lejanamente reminiscentes de Sendak y acaso inspirados también, como el título del álbum, en la miniserie de animación “Más allá del jardín” (no la he visto, mis disculpas). Si consideramos la historieta como la polaroid de otro mundo distinto al superficial, como la incursión de un retratista en la floresta de uno de los undergrounds posibles en este país, tendremos que reconocer que es una toma amistosa pero ácida de tal entorno, y que en este caso parecen los animalillos de esa fauna (y no los críticos, que, intuyo, somos sus archienemigos) los afectados por la fiebre referencial de la que normalmente se acusa a los segundos: en el bosque subterráneo desde el que las fuerzas del bien y el natural freak quieren “tomar el control de todas las emisoras de TV y radio y hacer que suene ‘Trastorno Tripolar’ constantemente”, debatiéndose entre las imposiciones sociales de responsabilidad y la autocompasión del “teenage angst”, parece que la teoría de ataque consiste en ser el que más sabe de delicias sonoras más o menos fracturadas y de culto: listados están en esos papeles MC5, Robyn Hitchcock, Syd Barret, Extinción de los insectos, The Astronauts, Crass, Zounds, The Mob, Gong, Hawkwind, Simply Saucer, Velvet Underground, Pink Floyd, Exquirla, Toundra (hostia para ellos, porque todos sus discos son, dice un personaje, “una mierda gigantesca”), Royal Headache, Chrome Cranks, Unsane, Michael Gira, Cheater Slicks, Poison girls, Killdozer, Mekons…

Ignoramos si la estrategia de sepultar al mainstream en nombres y orgullo de élite desposeída funcionará, por el momento Edu lo retrata todo con fino ojo irónico, pero no hay acuse de recibo desde los pisos superiores. Suena, sin embargo, a que tal osadía puede acabar como la viñeta sarcástica y genial de “The Local Squat that travelled in time”, el excelente trallazo punk que cierra el disco: “La okupa local que viajó en el tiempo fue dejada en un futuro a 5.000 años de aquí, con sólo fríos insectos y en un desierto infinito, una buena oportunidad para empezar una nueva sociedad. Discusiones de una semana de duración sobre los derechos animales mientras gusanos gigantes se comen a los crust-punks fuera, en el frío. Ahhh, la okupa local…”.

Entendiéndolo todo, pues, como una discreta carcajada naif, como un primer recodo reflexivo después de la inocencia que lo lleva a uno a montar una banda de punk, como no sólo una colección de ruido teledirigido sino también un esfuerzo por situar tal colección en un contexto (auto)crítico, la cosa adquiere un cariz distinto, y las preguntas se nos acumulan. Para contestarlas hemos contactado con Edu en persona, y pronto tendrán sus respuestas. Háganle entonces caso a él, y no a nosotros.

Mientras esperamos, seguimos escuchando el disco (en pases posteriores el cerebro lo procesa como algo más cohesionado, pero eso siempre pasa). Nos gusta “Financial Towers Melting Like Ice Cream”, que abre ambiciosamente la rodaja, pasando por encima de los seis minutos de duración, y que bien podrían ser en realidad, dos temas distintos ensamblados: ahí sigue el fantasma del riff de “I wanna be your dog” cortado con un tercio de Mudhoney y una mitad de Chrome Cranks y salpimentado con una visión achicharrada y visceral del solo de guitarra, wah y fuzz a chorro, que es marca de la casa (y de otras cuantas casas). Por aportar nombres a la lista de marras, el tipo de caos me remite a otros revisionistas excelsos, los Bevis Frond de Nick Saloman (igual que en otros casos, como “Over The Garden Wall” podríamos hablar de unos Oblivians metalizados).

Nos gusta también mucho “Black Mask…”, que viene después de la cabezona “Strange Lights Over Rural Spain”, donde el hilo del disco amenazaba con disgregarse, y que le devuelve la tensión, aumentando la acidez de la guitarra hasta crear una especie de chicle o engrudo que tratase de levitar pero estuviese inevitablemente unido al asfalto y a tu bota. El algo primitivo que tiene la banda casi se masca ahí, y las partes más graves son agrestes y brutas a mas no poder, con la guitarra y bajo al unísono, consiguiendo el pico comunicativo del trabajo. Difícil es decir qué es lo que comunica exactamente, pero eso ya es labor de cada quién.

A mí el asunto en su conjunto, vaivenes incluidos, me concede una cierta sensación de libertad y de ira positiva que, francamente, nunca sobra; y más aún si me detengo a paladear las muy cachondas y psicodélicas letras del libreto (sólo a medias respetadas en la grabación), dónde uno puede encontrar “amplios tentáculos rosas que dicen ‘hola’ a través de las ventanas del nuevo ayuntamiento de Madrid” convirtiendo la ciudad en un organismo vivo autofagocitante; o lugareños rurales que “visten máscaras y ropas exóticas y viven en túneles cavados en la roca” escuchando punk rock lentísimo ajenos “al progreso y a la ley”; o radios que dicen que es 1971 mientras la ciudad arde al ritmo de destructivos “saxofones cósmicos”.

Está, sí, la nostalgia de una revolución flotando sobre todo el artefacto, convirtiéndolo casi en lo opuesto a un disco de realismo naturalista; el fantasma White Panther  latiendo en los cortafuegos de una España calcinada. Es muy discutible si esa revolución que se añora existió alguna vez o si demasiadas lecturas pequeñoburguesas sobre ella nos han convencido de que fue así. Más discutible aún si tiene posibilidad alguna de existir más allá de lo personal. En todo caso, tal nostalgia parece al menos productiva en este caso, no simple coartada (contra)cultural.

“Ah, mi música se está haciendo más lenta y más simple, y cada día amo más a los animales”, dicen en algún momento, en medio de la vorágine. Over the Garden Wall los retrata en mitad de ese camino al que le quedan aún muchas etapas, por suerte para todos.

///F.G.L




sábado, noviembre 04, 2017

THE NEVER ENDING ROLLING MINDFUCK SERIES (5)



Cult of Youth – Cult of Youth (Sacred Bones, 2011)

Uno se descuida y le ha pasado una década por encima. Agreste entente de punk/folk/dark con cierto predicamento entre entendidos, los americanos Cult of Youth siguen siendo nuevos para mí, porque los conocí con su disco End of Days (Sacred Bones, 2015), apenas hace dos años; sin embargo este artefacto homónimo del que hablamos hoy cuenta ya siete ciclos a sus espaldas, aunque suene bastante atemporal (¿se puede ser BASTANTE atemporal? Eso deseamos todos). En todo caso, es lo que tiene la oscuridad: el apocalipsis, incluso en sus formulaciones moderadas, raramente pasa de moda completamente; siempre alude a nuestra sed de final, y nuestra sed de final es omnívora.

Durante mucho tiempo no supe a qué atenerme con ellos, en realidad, juzgando por End of Days, al que, no sin humor, definieron como “un Pet Sounds post industrial”. Algunas cosas allí me gustaban mucho, otras, acaso algunas voces, me chirriaban y me sacaban de contexto. Algo chocaba dentro del núcleo, y yo no sabía si la fricción me repelía o me atraía. Pensé en comprarme el artefacto. No lo hice, al final.

El verano pasado asistí al festival Entremuralhas, de Leiría (Portugal), uno de esos eventos excepcionales y perfectamente organizados que los portugueses saben montar con cien veces más tino que nosotros. Allí vi a algunas bandas interesantes con diferente gama de grises, algunos despropósitos oscurantistas  y también a los maravillosos Bärlin, de los que hablaré pronto extensamente. En un rato libre, ojeando puestos, me encontré este disco de debut a buen precio, y me lo llevé, junto con esa joya que es “Innocence is Kinky” de Jenny Hval (del que también tendré que hablar, inevitablemente). Ninguno de los dos eran el disco del momento, sino discos de inicio, ya con polvo sobre sí, y eso me agradó. Empecemos por el principio, me dije. Ambos sonaron todo el viaje en coche de vuelta a casa, hacia ese supuesto norte que Galicia cree ser.

Fue en ese trayecto donde empecé a quererles de verdad, por las mismas razones por las que otros podrían detestarlos. Hay cierta obviedad en sus parámetros, cierta –clara, ¿buscada?- tosquedad en las voces, una evidente aspereza en su aproximación a un género (difuso, pero existente) que normalmente exige más delicadeza o más pretensiones. Todo en ello suena como si unos punkis artesanales y autodidactas (ignoro si lo son, pero lo parecen) hubiesen decidido dar su visión de las cosas usando métodos y canales ajenos, por los que circulan dando tumbos pero sin miedo alguno. Creo que en esa falta de miedo está el triunfo, precisamente, en esa naturalidad con la que se dejan fluir a través del cableado abrazando influencias diversas y a menudo contradictorias (y probablemente en algunos casos inconscientes), irrumpiendo en salones tenues que no deberían ser los suyos con la desfachatez de los bárbaros, pero al tiempo con un mar de fondo propio.

Si ejecutamos el típico análisis por comparación –a veces detestable por reiterativo, pero útil aquí- podríamos afirmar, por ejemplo que “Monsters” tiene un relente a Leonard Cohen, si se va más allá del trazo grueso de la voz y de la pulsión folk, o que podría ser una maqueta de unos 16 Horsepower menos engolados y menos americanazos; o que en “Casting Thorns” abrazan sin miedo a Death in June y su capacidad para hacer del desafine una virtud; o que en “Through the Fear” esos Death in June se mezclan, osadamente, con un halo a lo Magnetic Fields, virando el disco a (más) pop; o que en “Weary” los tales Magnetic Fields mutan hacia Belle & Sebastian, por debajo de la oscuridad, para regresar después a Death in June de nuevo en “Lorelei” en incluso rozar a unos hipotéticos Swans de caballería ligera.

Ahora volvamos al primer tema, la percusiva emboscada de folk punk oscuro bañada en Spaguetti Western que es “New West”: ¿En serio estos tipos tienen algo que ver con Belle and Sebastian? Bien, regresemos de nuevo a “Weary”, sexto corte… Pues sí, si lo tienen, al menos si conseguimos imaginar a Belle and Sebastian planeando funerales vikingos, picando speed y bebiendo mesk (1) bajo los puentes de una urbe abandonada. Y ahí está, ahí está el punto. Ahí la complejidad que no queríamos ver. Ahí uno de los puentes mágicos dentro de un disco modesto. Por supuesto encontrar esos puentes exige profundizar: ninguno está a la vista. Es posible incluso que para usted, lector, no existan.

Cult of youth es una banda bastarda, pues, y aparentemente errática; cruda y (aparentemente, de nuevo) no sofísticada, pero es capaz de hacer de todo ello una virtud y de tomar al asalto territorio aparentemente prohibido. Una banda de bar en el Valhalla, haciendo botellón de calimotxo y discutiendo a gritos sobre el fin de la historia. Su simpleza aparente nos conecta con ellos a un nivel visceral, y así su oscuridad no nos resulta ajena, sino propia, y al cabo de un rato estás dentro, y después, aunque no tengas la sensación de estar ante ninguna obra maestra, terminas volviendo al disco una y otra vez para descubrir planicies y delicadezas inesperadas. O así me ha pasado a mí. Sí, es posible que este “Cult of Youth” sea uno de esos discos menores que uno acaba transitando mucho más que los supuestamente mayores. Y, al final, ¿cuáles son los discos mayores, sino aquellos que influyen en tu vida? Dejemos la historia del pleistoceno y el la papilla de los rankings para otros.

El compositor del grupo, era, y sigue siendo, Sean Ragon, que posa en el interior en instantánea vagamente homoerótica y que firma las letras de todas las canciones y música de la mayoría, hasta tal punto que no es descabellado considerar a la banda como “su” banda (si, no nos engañemos, LA banda siempre es de alguien: de uno o, como mucho, de dos. No conozco ninguna banda de tres). Más allá de lo musical, no diré que sus letras son geniales. Son, en realidad, como la banda misma, ásperas, faltas de sutileza a veces, dignas en los mejores casos, de una banda de crust arcano, vegano y pagano algo evanescente. Tienen, sin embargo, una saludable y obsesiva tensión de fondo y ocasionales hallazgos. Por ejemplo: “Son of a Man / And head of a clan / A master of dogs / And killer of gods”. Convengamos en que esas cuatro líneas puede ser una simplona bravata jevarra, pero también una oscura amenaza de crustie con perro que ha leído a Nieztsche. La primera opción me permite una sonrisa. Con la segunda mi sonrisa es más amplia y su tono varía.

Toda gran obra, en fin, tiene siempre varios misterios en su interior. Ésta, modesta pero intensa, contiene al menos uno, para mí. Un misterio que ni siquiera es necesario desentrañar porque basta con disfrutarlo: cómo en su supuesta simpleza es capaz de revivir en mí el viejo sentimiento de extrañeza e incomodidad, las viejas ganas de andar por las calles ignotas, fumando pitillos en los portales, viendo pasar los perros mojados, sabiendo que uno es distinto aunque sin saber ni el porqué ni qué hacer con semejante evidencia. Un solo misterio vale un disco, a veces. //L.B.


NOTAS

1. El Mesk es una bebida casera, mezcla de sabe dios qué, que nos ofrecieron unos chavales punkis en Suecia, hace años. Aseguraban que colocaba aunque también aseguraban sabía como el coño de su abuela (literal). Ni tan mal.



jueves, noviembre 02, 2017

NEVER ENDING ROLLING MINDFUCK SERIES (4)


Tom Waits – Swordfishtrombones (Island, 1982)


Después de mucho tiempo, volví a conectar el estéreo que me regaló mi hermana hace cinco años. Lo hice por pura supervivencia. Sus padres se habían ido y quien fuera que estuviese cuidando de mis cuatro sobrinos había dejado a tres de ellos a cargo de la televisión. El piso superior de esta casa de verano  en cuya última habitación, sin puertas, trabajo, vibraba hasta el último rincón con la bulla de los superhéroes y las supernenas, y con el sinth pop barato e “inteligente” de las series baratas e “inteligentes” de nuevo cuño.

Mi estéreo es un cacharro moderno y que salió malo; un niño caprichoso que se niega a reproducir cds a menos que sean originales y estén intactos -como poco en esa “near mint condition” de la que alardean en internet los vendedores privados de baratijas-. Esta vez, sin embargo, pareció responder con largueza y arrancó, quizá por espeto al disco mismo (hace esas concesiones ocasionales con los clásicos). Había barajado escribir sobre “Anarkophobia” de Ratos de Porao y el “Learn to Sing Like a Star” de mi querida Kristin Hersh, dos largos dignos, buenos incluso, si se administran en el instante adecuado del día adecuado, pero sentía que necesitaba algo fuerte para el espíritu dentro de aquel laberinto infantil; algo más allá del mero combate o de la lamentación en serie, así que “Swordfishtrombones” me pareció la medicina adecuada. Entre tema y tema, o cuando el disco rebajaba la tensión para fluir a través de sagaces miniaturas instrumentales, aún podía escuchar, viniendo del salón, la patética y aguda jerga de los anuncios y el lavado de cerebro.

Tiene algo de pavoroso y otro tanto de familiar (de histórico, si se quiere) observar a los niños convertidos en vainas inertes, más allá de la hipnosis, como profundas esponjas empapadas en mierda de colores. Si uno no tiene hijos, claro; si los tiene supongo que lo único que ve en esa estampa digna de un poster de Winston Smith para los Kennedys es el tiempo ganado, la pausa en el suplicio, que decía el otro. Por otro lado, doy fe también de que con Tom Waits sonando cualquier mascarada se vuelve más paladeable y al final uno acaba recuperando ese absurdo beat vitalista que había extraviado, ese nervio necesario que la familia tiende a matar; al cabo de un rato empiezas a sentirte vagamente capaz de vestirte de flautista y terminar llevando a los críos al bosque, a golpe de gruñido y carraspera, para que encuentren allí su destino, en una gruta, casi en el centro de la tierra. El universo en sus picos de crueldad suele vestirse de carnaval.

Es por esa cualidad vigorizante de Waits, incluso en sus momentos más abisales, que he podido, entonces, terminar este texto pese a los cabreos varios, la sombra de decepciones de largo recorrido y la permanente interferencia. Es decir, pese a una  familia que, como todas, no está para andar sacrificando corderitos para el hijo pródigo.

A la mañana siguiente, cuando desperté y bajé al salón para proseguir el trabajo, la abuela de los críos (mi madre) había retomado el pulso educativo clásico y disputaba una reñida partida de ajedrez con los dos nietos mayores. Puse el disco de nuevo, de fondo, y me enzarcé alegremente en la disputa. Le di un mate fácil a la abuela en la primera. En la segunda la cosa se complicó y se convirtió en el laborioso acoso y derribo de un rey negro que bailaba claqué por medio tablero, esquivando bishop fire a tutiplén con la gracia de un mono borracho. Tom hubiese hecho un buen tema con toda la situación.

-¿Por qué pones esta música?- preguntó la nieta mayor, de ocho años.

-Porque me gusta, ¿A ti no?

-No

Luego se quedó silenciosa. Un rato después estábamos con Baltasar atrincherado en un caseto de la planicie entre dos caballos de su guardia, que muere pero no se rinde, mientras el disco navegaba, muy apropiadamente, por “Down, Down, Down”. La niña intervino de nuevo:

-Esta música está muy bien para jugar al ajedrez… porque es como una batalla, aunque no me guste.

Varios puntos para ella. Primero, por entender que el ajedrez, quizá el juego más violento del mundo, es una batalla sin cuartel. Pero eso no era tan difícil. Segundo, por entender que una música que puede no decirte nada en seco puede ser, sin embargo, perfectamente procedente en un contexto distinto. Masacrada a diario por radiofórmulas y “Mambrú se fue a la guerra”, no es poca cosa llegar hasta ahí tú sola (1). Tercero, por ser capaz de quedarse pensando un rato antes de modificar el speech inicial y conceder cierta razón al otro, capacidad que los adultos parecen haber perdido por completo.

No conseguí sin embargo que jugase contra mí. Después de la pírrica victoria de un servidor una semana atrás, tanto ella como su hermano se negaban a volver a perder. Competitivos puros por la sangre de ambas alas familiares y acostumbrados a victorias fáciles, les auguro un duro aprendizaje vital. Tom podrá ayudarles también con eso, seguro, en algún recodo del futuro.

Tiempo y alteración

Decía el subnormal de Steve Jobs que lo más importante del mundo es el tiempo, y que es gratis. La afirmación es falaz, criminal casi; un escupitajo en la cara del resto del mundo, porque el tiempo es sin duda, esencial, y como tal ha sido cuidadosamente gravado: pagamos una tasa leonina por cada gramo que se nos concede. Es, por tanto, un acto principesco el regalarlo a quienes apreciamos. Saber regalar el tiempo es un aprendizaje espiritual, y quien hace música o escribe –quien tiene hijos también, acaso- lleva esa generosidad implícita en su trabajo. Y así es que regalé mi tiempo mañanero al ajedrez y a los sobrinos, contento esta vez de hacerlo, mientras, a través de Swordfishtrombone,s Waits me regalaba el suyo, esa gomosa y árida extensión que es muchas vidas aunque dure poco más de cuarenta minutos.

Cualquiera capaz de hacer un gran disco o un gran libro es capaz de acuñar tiempo nuevo, y luego nos lo entrega, como amigable ofrenda. Que el tiempo se expande y se contrae mientras uno escucha música es una certeza perceptiva que no vale la pena discutir (2). Media hora con los ramones puede ser el equivalente a un minuto de luminoso subidón de anfetamina picada adolescente, aunque tengamos cuarenta años ya (dejen de hacer bandas de covers, por Dios). Otros artefactos sonoros invierten ese estado. Por ejemplo, mientras trabajo en este texto dejo a ratos de escuchar Swordfishtrombones y me pongo un disco llamado Barrow, de la banda Cemeteries: me regala una especie de pop ensoñador, minimal y percusivo, levemente siniestro y engastado con ocasionales y moderados crescendos; es un disco todo aura de día desapacible a borde de playa pedregosa, que hace honor a su portada, la instantánea gris de una costa desierta contra la que se recortan un par de volátiles desenfocados. Es Barrow, también, uno de esos discos de alteración temporal. Sus recursos para tal magia son de segunda mano (no sé si hay algo de primera mano en este mundo, en realidad), pero funcionan: llegan hasta el punto anterior a la narcosis y te dejan ahí, pendiendo de los graves y de algo que hipotéticamente podría suceder pero no llega. Cemeteries amenazan con ser discursivos, pero el pulso niega la intención de las voces y el avance es una ilusión: seis o diez temas después sigues en la misma playa, los pájaros borrosos permanecen en el campo de visión, y ciertamente no sabes si ha pasado una hora o tres días. También es, en consecuencia, un disco bueno para escribir reseñas (3).

La gama de alteración temporal de Swordfishtrombones es más compleja que la de Barrow, desde luego, aunque los mimbres con que la construye Waits son tan viejos y manidos como los usados por Cemeteries, o más. Pasado un cuarto de siglo desde que comprara el cd y 35 años desde que el disco viese la luz, se añade a tal efecto, del que hablaremos después, la necesidad de viajar al dudoso pasado propio para poner en (mi) contexto el trabajo.

Bits & journeys

Yo adquirí la obra maestra de Tom (una de varias, ésta) cuando tenía 16 o 17 años. La compré en la única tienda de discos de Pontevedra que entonces, sin excesos, mostraba material interesante y variado, Bits. La pegatina de la tienda aún está en la caja. Yo nunca retiro las pegatinas ni los precios: algunos se caerán solos y otros permanecerán como señales medio borradas de algo vago y distante, y así es como me gusta que sea. Llegué hasta Waits, en todo caso, por el Ruta 66. Quizá leyese allí que Swordfishtrombones era uno de sus mejores discos experimentales, o quizá era el único que tenían ese día en la tienda. Recuerdo, eso sí, que como con tantos trabajos visionarios comprados entonces (Arise, de Sepultura, o The Low Road, de los Beasts of Bourbon, por citar dos de géneros dispares) en su momento no entendí gran cosa. Ahora el recuerdo de aquella sensación de “no entiendo nada pero sospecho que aquí hay algo grande” me resulta casi tierno. Tan tierno al menos como mis sobrinos no comprendiendo por qué les gano al ajedrez, siendo yo este pobre diablo exiliado, casi mendicante, al que la tribu tolera apenas y mira de reojo. En aquel tiempo, sin embargo, un disco que no te estallase en las narices después de haberte gastado un par de talegos en él era en gran parte una decepción. Normal. En todos esos discos persistí, y todos los acabé entendiendo de más de una manera, lo cual dice algo de mi propio instinto, del de mis consejeros y del de la prensa musical de la época.

En concreto, el caso de los “Trombonespezespada” -el disco con el que Waits, aún lejos de su gloria absoluta, rompía con su pasado y, sin renegar de la tradición, abrazaba otros mundos- fue intermedio, porque recuerdo que sí fui capaz de aferrarme a su parte más rítmica. Ahora, volviendo a él, comprendo que en efecto hay una inmediatez pegajosa como la sarna en “Underground”, que abre amenazante y profética el largo, “16 Shells from a Thirty-Ought-Six”, “Down, Down, Down”, o “Gin Soaked Boy”, y quizá también a la resultona historia white trash empapada en jazz de “Frank’s Wild Years”, siempre soberbia aunque siempre forzadamente ingeniosa, como un efectivo chiste de bareto que no terminase de añejar. Me perdía sin embargo en las demás subidas y bajadas emocionales y en los harapos instrumentales, cosas como “Dave the Butcher”, “Soldier’s Things”, “Johnsburg, Illinois”, “Town with no Cheer” o la fantasmal “Rainbirds” pasaban por mi sin daño pero sin efecto. Como cualquier niño, mis emociones eran aún mis emociones y aunque algunas fuesen inyectadas por herencia, esa segunda mano de la que hablábamos no había establecido todavía su reino verdadero. El teatro mismo quedaba lejos, y la vida convertida en teatro, esa en la que todos acarreamos un baúl lleno de recuerdos y de disfraces, esta de hoy, quedaba más lejos aún.

Tom Waits es difícil para la juventud primera -aunque tenga una puerta abierta a la niñez gracias a su sentido del humor gamberro- por la misma razón por la que es capaz de alterar el tiempo: sus grandes discos son panorámicas sociales, pero están contadas por alguien que regresa y que hace voces desde una barra de bar olvidado o desde una silla prestada junto al fuego, y la sociedad de la que hablan ya ni siquiera es esta. Los exabruptos del viejo pirata que ha estado fuera largos años, sus cantinelas más salvajes, pueden exaltar, sin duda, a la chiquillería, pero existen recovecos y planicies, sentimentalidades, ñoñerías y crueldades que esa chiquillería aún no puede comprender y que requieren del mundo pasado y deshecho; de la ida, la vuelta, el destierro, el exilio y el reino; de la comprensión de que las emociones, en un punto, pasan a ser esencialmente retrospectivas y fantasmales. Es decir, del viaje. Nadie que no haya pasado por el viaje puede escribir un disco así, y nadie que no haya pasado por el viaje puede empezar a entenderlo en su totalidad (4). Será sólo el niño adicto al misterio, pues, aquel para el cual lo incomprensible es un acicate, el que persista en ese camino y, con el tiempo, abra los ojos y comprenda más allá del puro stomp. Hasta cierto punto, sólo la amputación futura nos permite comprender a Tom Waits en toda su extensión. Y sólo la intuición de ésta nos ayuda a persistir en él.

Así, como en cualquiera de esas historias antiguas donde el niño se fascina y el adulto se reconoce, como en cualquiera de aquellas primigenias reuniones al fuego de la lumbre o el licor, que pertenecen a otra era pero sobreviven en esta, encapsuladas, en Swordfishtrombones el tiempo se suspende y se abre otro tiempo dentro del tiempo. Y si uno se descuida, como decía Moe Tucker, puede que acabe pasando "una semana allí la noche pasada”. Por suerte o por desgracia para mí, este disco de viajes me encuentra, en esta ocasión, de vuelta ya de unos cuantos y perfectamente capaz de entrar en ese tiempo detenido que fluye dentro; capaz también de entender esas tristezas, a veces delicadas y a veces brutales, que en niño del 92 sólo intuía. ¿A quién pertenecen? Son universales, se entiende, y todos los que pensamos llegamos a ellas un día, aunque aquí estén vestidas con los harapos de militares, vagabundos, viajantes y borrachos de un mundo espectral que se parece sospechosamente a la américa de las décadas de los treinta, los cuarenta y los cincuenta en EEUU, es decir, a la américa de adolescencia e infancia del mismo Waits. A la patria del hombre, si se quiere (5).

Dinámica y derrotas

Otra de las virtudes de Waits es la de imbuir de dinámica a ese viaje que narra, y que, en seco, no tendría más épica que la, muy dudosa, de la derrota, ni más brío que la necrológica de un don nadie. No hay grandes gestas, en efecto, en este disco, aparte de las que concede, a trompicones, la supervivencia misma en malos tiempos. La de los derrotados y los perdidos. Y sin embargo, el disco se mueve, vivaz, al saber intercalar las canciones “menores”, esos harapos instrumentales de los que hablaba antes, entre las reflexiones de mayor calado: Sabe Waits, igual que Melville o Céline, que para retratar la vida no basta con contar sus picos; que la vida misma está hecha en un noventa por cien de agua estancada, tedio y espera (6). Así, el equilibrio de un álbum que recrea la vida (aunque sea una vida múltiple contada en una barra) necesita también de ratos muertos y ropa tendida. No todo es brandy poderoso aquí. Waits rebaja inteligentemente el vino con agua y consigue que el resultado pase de borrachera retrospectiva a resaca lúcida.

Finísimo en el balance de la secuencia de canciones, pues, el disco abre con la promesa de otra vida (¿y qué derrotado no la percibió, que viajero no la tuvo entre las manos?), pero de inmediato la contrasta con le vida estancada de un soldado en ultramar, en ese “Shore Leave” donde la instrumentación, todo hueco expresionista, baja el tempo y acoge las nostalgias por carta de un marino lejos de casa; uno como cualquier otro, enzarzado sordideces varias, que “juega billares con un enano hasta que pare la lluvia”, sufre una pálida en “El Dragón” y exprime la vida hasta el tope en un pobre permiso de dos días, en algún lugar estancado y múltiple de Asia. A continuación, la insistente y disonante instrumental “Dave The Butcher” vuelve a cortar el tono, casi diseñada para espantar a buscadores de hits; después llega la balada lacrimógena de antaño, jibarizada en el recuerdo de novia perdida que es “Johnsburg, Illinois”, y, por fin, de vuelta al ritmazo con “16 Shells from a Thirty-Ought-Six”, cuento de hadas rural, pura jerga bailada al ritmo de un rito indio de tres al cuarto y frita al sol del desierto hasta que su cadáver calcinado entra en el maletín de muestras. Y siempre gente de viaje, de ida, de vuelta, o estancados, o recordando, siempre gente fuera; siempre cartas desde otra parte.

Establecida la fórmula, se sigue aplicando con maestría durante el resto del disco y los itinerarios prosiguen. Es viaje crepuscular “Town with no cheer”, lamento de un viajante bebedor al que le chaparon el abrevadero a medio camino de su trayecto en tren. Es viaje, momento de regreso de un viaje, “In the neigbourhood”, que usa recursos retóricos similares al clásico “The Piano has been Drinking (Not Me)” y levanta una estampa de los “good old days” que en lugar de ser beatífica deviene grotesca, casi un aviso de que nuestra permanente reinvención romántica del pasado podría ser un error, una trampa. Es viaje el intento fallido de adaptación a la vida “normal” que retrata la citada “Franks Wild years”, y -como un gemelo más serio, más largo, más beat si cabe- es viaje el intento de supervivencia consignado en “Swordfishtrombones”, brillante superposición de vidas de gente que retorna a un mundo que en el lapso de ausencia ha dejado de ser suyo. Viaje, al cabo, también, el descenso a las cloacas del bebercio de “Down Down Down” o esa “Trouble’s Braid” que pasa, anfetamínica, sobre el fantasma del vagabundeo, heroico o no, y desemboca en la pensativa “rainbirds”, que cierra con delicado recogimiento un álbum descomunal. Un álbum al tiempo puerta y muestrario: cegador umbral de una nueva etapa creativa y recopilación de estilos ya usados, en hermoso desfile travestido.

Literatura y faíscas

Mucho se ha hablado del aspecto literario de la artesanía de Tom Waits. Y quizá lo más práctico para no alargar este artículo hasta el infinito sea reconocer lo obvio: que sin negar las fuentes que nutren a cualquier gran artista, consiguió un lenguaje y un estilo particulares, que alcanzan una identidad absolutamente propia, por primera vez, precisamente en este disco. Se lo puede comparar, inevitablemente, con los beat, y sobre todo con Kerouac, pero habría que admitir que Waits es superior. Y se lo puede comparar, inevitablemente, con Dylan, pero habrá que concluir que es muy distinto. Se lo puede comparar incluso con Pynchon, si se quiere pecar de original, pero al cabo no se podrá eludir la verdad de que el tipo es único, de que cuando se le escucha la idea de sucedáneo no viene nunca a la mente, y de que tiene todas y cada una de las capacidades que se le requieren al gran contador de historias cantadas: la voz propia e inimitable (tanto física como metafísica); la capacidad, ya citada, para alterar el tiempo; la habilidad para que la trama interna de la historia tenga fuste original, por tradicional que sea el tema (todos lo son); el talento para la creación de un territorio real e inventado al tiempo y perfectamente paladeable, tangible, y la capacidad última de fascinarnos hasta el final de la historia si, como dijimos, pertenecemos a la casta de los niños curiosos o la de los adultos aún no vencidos, que son de algún modo la misma. (7). En lo estrictamente musical, la reinvención no es menos brillante que en lo narrativo, aunque quizá no tan rompedora como algunos pretenden. Waits renueva con dinamita un género, sin duda, y renueva para siempre un modo de contar historias, pero se trata de una operación sobre carne clásica, un efectivo lifting sobre cuerpo antiguo, en una época, los ochenta, donde la vanguardia estaba haciendo saltar por los aires cosas mucho más cercanas. Vanguardia de la retaguardia, quizá, aunque la formulación sea riquísima y audaz.

Por último, no está de más apuntar que siempre ha tenido Waits –o uno, o varios de sus heterónimos-  mucho de “traveling salesman”, y que esa condición de vendemotos, de tratante de crecepelos y vocero de circo ambulante, de trickster y esgrimidor de catálogos hechos a mano con piel humana, concede a todo lo que hace, interponiendo un velo de sorna, cierta “distancia”: aunque pueda caer simpático y hablar afablemente con uno al tiempo que apura un brandy, mientras lo escucha uno se encuentra discutiendo perpetuamente consigo mismo: ¿de quiénes son las voces que imita? ¿Para qué enfermedades sus deliciosas recetas de sospechosa apariencia? ¿Hasta qué punto en esas fantasmagóricas revisiones de las vidas de otro, en esos febriles y fascinantes barridos por las existencias ajenas, en ese neorrealismo de un tiempo pasado, está también él mismo? ¿Y hasta qué punto nosotros? Su habilidad última, probablemente, es que tal distancia no se interponga, sino que sirva de puente hacia un territorio nuevo, aunque propio, que esperaba allí agazapado. Que esa pregunta no obstaculice sino que abra camino.

Me contaba alguien mayor que en esta vieja casa desde donde escribo, hace cosa de cincuenta años, vivía la familia del casero, cuidando la heredad, y tal familia no contaban menos de siete miembros adultos. Por las noches jugaban a las cartas junto a un fuego mortecino, se repartían las cartas en una oscuridad casi absoluta, y entonces, con un gesto preciso y fijado por los siglos, la matriarca lanzaba un puñado de faíscas (8) sobre la lumbre. La febril y momentánea llamarada iluminaba entonces por unos segundos la habitación, y antes de volver a la penumbra, cada uno podía ver por un instante su juego.

Esa imagen congelada de otro tiempo y este disco -aparentemente discursivo pero fijo, al cabo- se unen en mi mente hoy, mientras cierro este texto a la luz de un primer día de lluvia de octubre, después de la sequía. Ambos son, en cierto modo, lo mismo para mí: esa batalla que percibía mi sobrina, esa parodia residual del fulgor de la vida que en casos magistrales, como este, se confunde con el fulgor mismo. //L.B.


NOTAS

1-      Alguien debería ir pensando en actualizar el cancionero infantil para hijos de la burguesía, aunque, bien pensando, mejor no, me da miedo.

2-      Josele Santiago reflexionaba ajustadamente sobre este tipo de alteración del tiempo en mi libro “El Puño y la letra”: “(Cantar) detiene el tiempo en el sentido literal…”. Compren el libro y lean la cita completa. Página 74. En todo caso el tema daría para un libro en sí, con ayuda de neurólogos y sacerdotes, claro.

3-      Creo que la música circular o repetitiva es especialmente buena para escribir reseñas largas. La música discursiva, por el contrario, impide el retorno rápido a ideas previas y serviría mejor para reseñas muy cortitas, si es que sirve para algo.

4-      Es tan innecesario (por la calidad de mi lector medio) como imposible (por la longitud que exigiría) explicar aquí la importancia del viaje como símbolo en la literatura, la historia y la mitología universales, así que lo dejo correr. Para otro día.

5-      “La verdadera patria del hombre es la infancia”. La frase es de Rilke y como casi todo lo de Rilke me resulta cursi e infumablemente pretenciosa. Tiene algo de verdad, claro, pero no hacía falta ponerse así.

6-      Cèline igual se pasaba con el tedio, vale. En cuanto a Melville, siempre he sostenido que el tedio es precisamente parte de su genio, pero como da para otro artículo, lo explico próximamente.

7-      Aunque comparado a menudo con el Dylan de la época ácida, Waits es en mi opinión más seco y menos mesiánico. Es cierto que su gusto por el ju(e)go de palabras, la broma encriptada y el slang telepático los emparenta (como puede verse aquí, por ejemplo, en “16 Shells From a Thirty-Ought-Six”), y que esa puerta la abrió el genio de Duluth, no ya para Waits, sino para todo dios; sin embargo, en el fondo Waits es más terreno, más neorrealista. 

Tampoco tiene nada de descabellado la comparación con la Beat Generation, con la que comparte Waits numerosos elementos. Aunque sé que es “arriesgado” decir que Waits es mejor que Kerouac, lo hago por dos motivos simples. El primero es que Kerouac nunca me ha convencido como gran escritor. Creo que, como Herman Hesse, por ejemplo, sirve como empujón hacia territorios más complejos, pero releído en la madurez es pobre (y sólo funciona, si lo hace, leído a toda velocidad y con las mismas anfetaminas en el cuerpo que él llevase cuando ejecutaba). Por otro lado, creo que el espíritu Beat funciona mejor en poema o en canción que en recorrido largo. Waits elige en medio adecuado –aunque con muchos años de retraso-, Kerouac no. ¿Se puede hacer mal algo que uno mismo inventa?  Todo es posible. 

En cuanto a la referencia a Pynchon, bien, creo que si alguien lee el arranque de “V” y luego escucha este disco podrá ver paralelismos (hay más, al menos para mí, a lo largo de ese libro prodigioso y gloriosamente incomprensible). En concreto la trilogía de temas del disco que parecen aludir directamente a soldados (“16 Shells...”, “Swordfishtrombones” y “Soldier’s Things”) son las que más poderosamente me recuerdan a P. 

Todas estas comparaciones, procedentes o no, darían para largas discusiones. También podríamos avanzar hacia el presente y ver como Waits ha influido poderosamente, a veces de modo sutil, en autores a los que no por ello hay que colgar sambenito alguno. Por ejemplo, el uso que hace Gareth Liddiard de la voz del narrador en “Highplains Mailman” está, sospecho, aprendido del Waits que inventa voces de modo casi compulsivo. Liddiard, simplemente, se aleja de la compulsión y estiliza el recurso. Y así podríamos seguir eternamente...

8-      Una “faísca” es, en el gallego de mi pueblo, la aguja de pino, que echada al fuego provoca una llama viva y de corta duración. Significa también “chispa”.